2 de junio de 2011
Hola amigos
Besos a todos
Joaquin
ABDUCIDOS

Desde la Virgen de agosto los termómetros marcaban cuarenta grados. Con este calor la cuesta desde la plaza al portal de su casa se hacía interminable. Sergio sentía opresión en el pecho y el polvo en suspensión desataba el pitido de la alergia. Subía la cuesta sin mirar al cielo donde nubarrones de insectos desaparecían confundidos con la calina. Se apoyó en la verja de la entrada para recobrar aliento, el sudor le corría por la cara y por el tórax y buscó el llavín en el bolsillo. El césped amarilleaba y en un rincón un rosal reseco mostraba una flor superviviete.
Entró en la casa y se dejó caer sobre el sofá. El ventilador del techo giraba en la máxima velocidad, se quitó la camisa y dejó que el aire le refrescara. La televisión mostraba imágenes de la plaga de minilangosta africana que se extendía por el archipiélago.
Laura entró en casa, dejó en el suelo las bolsas de la compra y con un trapo intentaba dar caza a varias langostas que se habían colado en la vivienda, y se quitó la blusa rosa de viscosilla.
-Ay, amor, de esta nos derretimos. -Cogió las bolsas del suelo y se precipitó a la cocina .-Voy a hacer el almuerzo antes que corten el agua.
La televisión se calló y las aspas del ventilador dejaron de girar. Sergio sintió que la falta de aire le oprimía los pulmones. El pitido comenzaba de nuevo. Reclinó la cabeza sobre un brazo del sofá y extendió los pies sobre la mesita de centro. Las piernas le pesaban como sacos de arena. Se le habían dormido. Se las frotó con fuerza. La falta de suministro eléctrico trajo un silencio que invitaba al sueño. Se adormiló.
Laura le trajo una taza de café y le puso varias cucharillas de azúcar . Sus uñas largas, pintadas de rosa, destacaban sobre la loza blanca.
- Toma, mi amor, que el aroma del café revive y la empina -la carcajada dejó ver la dentadura.
Sergio cogió la tacita y acarició la nalga de Laura. Laura agradeció el esfuerzo.
En el único supermercado del pueblo, una tienda destartalada donde vendían de todo, Fabián había traído una partida de ventiladores baratos que compró todo el mundo, y varios aparatos de aire acondicionado que funcionaban con agua.
- De qué vale tanto aparato si no tenemos corriente.-Laura se abanicaba.
- Abre la ventana -suplicaba Sergio entre pitidos de asma.
-Mi amor, no es posible; si abro, esto se llenará de langostas. Margarita y su marido están igual. Parece un gripe, nadie se salva. Toma la radio. Gracias a dios, aun tenemos pilas.
Sergio notaba que cada vez tenía más dificultad para moverse, sentado frente al televisor esperaba las imágenes como un búho al acecho. Necesitaba las imágenes para vivir. El sudor le resbalaba del cuello al vientre; y movía las piernas con ayuda de los brazos.
-Sabes, mi amor, Armando y Lucio están como tú. No pueden moverse .Con lo dinámico que es Lucio y creo que está en la hamaca todo el día; se la pasa zapeando de la Belén Esteban a “Supervivientes”.
Las langostas se chocaban contra los vidrios de la ventana como locas.
-Mi amor, míralo allí en el espejo. – Se removían unas sobre otras como en un sueño daliniano.
Pero Sergio sólo podía ver el televisor que en aquel momento estaba encendido. En la pantalla un grupo de señoras aplaudía. ”Y ahora vamos a publicidad” dijo el conductor del programa. Y Sergio sintió un alivio en los pies y comenzó a respirar como si le hubieran inyectado un “antiestamínico” en vena.
Pero cuando al cabo de unos minutos se cortó la luz de nuevo, el sueño y la pesadez aparecieron. Laura presionó un botón de la radio, porque las noticias de la cinco le calmaban la desazón.
Sergio dormitaba, las imágenes acudían confusas en el duermevela. Se durmió definitivamente mientras acudía a una manifestación de independentistas en Timor. La dirigente de una ONG en Burkina Faso hablaba y Sergio recorría la sabana deteniéndose en poblados a los que llevaban gafas para solucionar los problemas de vista cansada del hechicero.
Aunque no había agua, Laura quiso refrescar a Sergio .Vertió una botella de agua mineral en una palangana, lo desnudó como pudo y lo lavó con una toallita mojada. Entre los dedos se le quedaban trocitos blancos de piel, que al tacto le parecían granitos de arena, Lo colocó sobre el sofá y notó que tenía una rigidez de difunto. Telefoneó al médico, y le dijo que era una plaga que se curaba viendo la televisión, pero que a su vez pensaban que las ondas hertzianas podrían ser responsables.
Fernando el dueño de la ferretería estaba igual, el de la tienda de bolsos y el portero de seguridad social tenían los mismos síntomas. Y el portero del cine, el otro día se quedó rígido durante la película de “Rosas Mary’s baby” y tuvieron que llevarlo a casa envuelto en un rollo de papel de estraza.
Pasados unos días Sergio se quedó como una vela frente al televisor apagado y, como cortaron la corriente a causa de unos incendios cercanos, cayó en aquella especie de coma.
Laura cubrió a Sergio con una sábana de hilo y observó que los callos de los pies estaban duros y fríos como el alabastro. El resto del cuerpo, de piedra caliza.
Tenía momentos lúcidos y podía ver cuanto acontecía a su alrededor, pero no podía comunicarse en absoluto. Desposeído de movimiento, veía a Laura desesperada que le palpaba y le ponía la mano en el corazón a la espera de detectar un hálito de vida. Ahora Sergio era un voyeur. Sólo veía lo que tenía delante, que la mayor parte del día era el televisor apagado
Pasada la primera semana de inmovilidad total, Laura buscó ayuda en las autoridades, que sobrepasadas por el acontecimiento se desentendían del asunto; un número, aun no determinado, pero muy alto, de ciudadanos y ciudadanas habían quedado inmovilizados. Quiso obtener un certificado de defunción, pero el aspecto de la estatua en que se habían convertido era tan veraz, tan vivo y expresivo que los forenses dudaban en aconsejar la sepultura de aquellos difuntos vivos.
Laura, con gran dolor de corazón, metió a Sergio en un cuarto vacío y le colocó un edredón sobre la cabeza para preservarlo del polvo. Durante varios meses entraba con frecuencia en el cuarto y le colocaba flores. El la veía y se lo agradecía íntimamente. Pero pasó el tiempo y Sergio sólo oía el ruido del silencio .Pensaba que con toda seguridad estaba muerto.
Un día una sobrina de Laura lo cogió y con la ayuda de otras personas lo colocaron en un rincón del salón. Alguien comentó que lo mejor para esta nueva especie de humanos abducidos era dejarlos frente al televisor como las momias de los faraones.
20 de mayo de 2011
POEMA
19 de mayo de 2011
POEMA
Los jóvenes no quieren orinar en las aceras,ni regar con cascos de cerveza el pavimento;
saben que pueden horadar la lona con una navaja,
pero las navajas son antiguas
armas blancas.
Desde el balcón de presidencia la voz que amenaza
llora,
los periódicos ponen tiritas en las cabeceras.
Un si, pero, quizás, o sea
se desliza con sigilo,
y la puerta del sol
seguirá en pie hasta las últimas campanadas,
y bailarán mirando atrás sin ira,
libertad, libertad, sin ira, libertad.
La metamorfosis ,
la metástasis,
los virus,
las bacterias,
la insistente procreación de las termitas,
el agua sin canales avanza,
cáscaras de plátano sin previo aviso,
la tarta de cumpleaños sin crema, ya llega
voces, ecos, carcajadas,
el contrato social en wikipedia.
Nadie quiere orinar por las aceras.
Hay rincones ciegos. Lo sé.
Imbornales empozados. Lo sé.
Un hedor a estomago vacío. Lo sé.
Por favor, antes de que crezcan garras en mi lengua,
antes de que la Puerta del Sol
sea la Plaza de las Ventas
erradiquemos la halitosis y las muletillas:
y que lluevan palabras recién nacidas.

12 de mayo de 2011

Cuando murió su marido, a Dorotea se le cayó el mundo encima; se acobardó y nunca más salió de casa. El trabajo era un fin en sí mismo y ella trabajaba sin cesar. Su gran placer era la comida y por ello su mayor talento la cocina donde antaño pasaba horas fregando y cocinando para su marido y luego para sus hijos y, cuando estos se casaron, para sus yernos, nueras y nietos.
Tenía otros saberes: planchaba muy bien las camisas y los manteles, sacaba brillo a las lámparas; pero no tenía gusto ni para el ornamento ni para el orden. Después de una limpieza de horas, Dorotea dejaba en cualquier lugar las escobas, las pinzas de la cera y los trapos para el polvo.
Josetxo, su marido, le dejó dos rentas que fue devorando el tiempo, y una casa vieja, su única casa, a la que los años le daban zarpazos. Por eso Petrequillo, el carpintero, vino a repararle la tarima del suelo.
- Toma, siéntate y toma un chiquito antes de empezar. Es de rioja, lo compro siempre en la “Cepa”. –Dorotea arrastrando su cuerpo blando y redondo y sus piernas regadas de varices se acercó al armario, cogió una botella por el cuello y le sirvió un vasito de vino al carpintero.
Petrequillo se bebió el vaso de un solo trago y mirando al suelo dijo:
-Dorotea esta madera parece corcho. Un día se hundirá y te perderás por ahí abajo. –soltó una carcajada y alargó el brazo para Dorotea le sirviera otro.
Dorotea cabizbaja fue hasta el armario y cortó un poco de queso y un casco de pan. Lo dejó junto al vaso de vino y miró al suelo: cada vez había más parches en la madera. Por las noches las ratas se adueñaban de la cocina. Hacían agujeros para salir y agujeros para entrar. La anciana, antes de irse a dormir, cerraba las puertas de los armarios, retiraba los pucheros del fogón, subía las sillas sobre la mesa y colocaba ratoneras y trozos de queso con veneno. Era una lucha diaria, si se olvidaba un caldero sobre el fogón aparecía volcado; las servilletas o los periódicos carcomidos; las toallas del vater, el papel higiénico, las patas de la mesa, los cabales de la luz, todo roído.
-Nunca ganarás la batalla –le decía Petrequillo –por cada persona hay cinco ratas escondidas. Son listas; en los barcos nunca las cogen, siempre se escapan.
Dorotea, sentada sobre una silla de madera, al extremo de la gran mesa de la cocina, miraba fijamente la labor del carpintero y se estremecía pensando en los roedores de cola larga y peluda que atrapaba todas mañanas con las ratoneras.
Margari, la hija de Gloria la pescatera, tenía mucha amistad con la vieja y la visitaba con frecuencia.
-Ponles comida, cébalas durante un tiempo, acostúmbralas, que salgan todas a comer a la cocina, engáñalas. Ese día les pones veneno y que revienten. –Margari le dio un beso en la mejilla a la anciana para animarla.
-Tendrías que salir a la calle, aunque sea un poco; te van a volver loca.
-¿Sabes, Maragari? Los pensamientos son como ratas, se meten sin permiso en la cabeza y te hurgan como la polilla. Me amargan los recuerdo, prefiero quedarme en casa. Además, mira.
Dorotea se bajó la media y descubrió una variz ulcerosa en el tobillo hinchado.
-No podría caminar ni de aquí a la esquina –se pasó la yema del dedo con cuidado por la piel tirante de la herida. –Ayer limpié toda la cocina con lejía, las sillas, el granito de la mesa. Hoy otra vez. Estoy deshecha. A la noche cuando me acuesto oigo golpes secos, creo que suben a la mesa y saltan al suelo; es como si jugaran a quitarme el sueño. El pobre –señaló al gato que estaba dormido sobre una silla –todas las noches viene a dormir en mi cama. Menos mal, que no se meten en el dormitorio.
Margari sacó una cajetilla de cigarrillos de un bolso y se prendió uno. Y Dorotea cogió el bolso y pasó la mano por la piel acariciándolo como si fuera un animal de compañía.
-Para que veas, al pobre gato hasta le mordieron una oreja. La ves –alzó con esfuerzo sus piernas pesadas y se agachó a coger al gato que ni se despertó en brazos de la dueña. Luego se sentó y dejó que el animal siguiera dormido sobre sus muslos.
De repente se quedaron las dos en silencio. Dorotea sintió un rubor que la sofocaba. Se levantó y miró a la calle desde la ventana de la cocina. Alrededor, todo casa altas y olor a lluvia.
-Dorotea, déjeme verle. Tiene usted una mancha negra en la cabeza –Margari le acercó un espejo; Dorotea tiene dificultad para verse la mancha que se vislumbra entre una mecha de cabello y un postizo que lleva siempre en el tupé. Pero Margari le levanta el pelo y se la muestra.
-Tengo manchas porque soy vieja y a las viejas nos salen manchas. Hasta para eso nos ganan los hombres. Ellos se van y nos dejan solas, envejeciendo. Margari, a veces pienso que estas manchas son las ratas. No duermo, paso las noches sentada en la cama. Y ellas corren, saltan, arañan y arrastran las cosas. ¡Ojalá me hubiera muerto yo y no, Josetxo!
Margari mira alrededor y no ve la foto en sepia de la boda de Josetxo y Dorotea.
-¿Dónde tiene la foto de la boda?
-La quité, no quiero recuerdos ¡Ojalá se me olvidara todo, como a los críos!
Cuando llegó la noche la lluvia golpeó con fuerza los adoquines de la calle, de los aleros saltaban chorros de agua sobre los coches y los últimos borrachos se llamaban a gritos por su nombre. Lejos, los truenos de la tormenta retumbaban. Desde la cocina llegaba el mismo estruendo de todas las noches. Dorotea se levantó y en camisón deslizó los pies dentro de las zapatillas y se arrastró con el gato en los brazos hasta la cocina para cerrar la ventana. Todo estaba oscuro. “Otro caldero”, pensó. Palpó la pared en busca del interruptor. Avanzó un poco para encontrarlo. Sus dedos tantearon la pared lisa y húmeda. Arañó el yeso tierno como la masa de hace pan. Dio unos pasos y se sintió desorientada. No encontraba tampoco la puerta de la cocina. El gato dio un salto y se le escapó de los brazos. Un golpe seco delató la caída. Las ratas se alborotaron. La anciana daba vueltas con las manos extendidas, sus brazos gordos pegados al pecho, la mano extendida sobre el escote.
Pisó un objeto frío y cayó al suelo. Con gestos descontrolados intentó parar la caída; el tiempo se hizo eterno. Vio una luz circular como una luna azul diminuta. Josetxo la esperaba con traje de domingo. Oyó un ruido enorme y sintió un calor que le retorcía el cuello.
Días más tarde, Margari vino a verla. Al entrar, las ratas corrieron despavoridas. Un hedor agrio le produjo nausea. El cuerpo blando de Dorotea se extendía por el suelo, con el cuello torcido, la barbilla contra el pecho y el gato aplastado entre sus muslos.
4 de mayo de 2011
एल CANDIDATO
-Sólo una tacita, que te conozco –protestó su mujer –; ya sabes que el café te sube la tensión. Tómate el zumo y la tortilla que te estoy haciendo.
Aurelio salió al balcón y apoyando las manos en la baranda miró al horizonte envuelto en la sucia calima africana. “El bochorno está arruinando la campaña electoral”, pensó.
En la calle los coches de la caravana del partido le esperaban para subir a Las Eras. Goyo, el segundo en la lista de su plancha sacaba una bandera de papel por la ventanilla de su Seat Ibiza y los otros coches alborotaban al pueblo con el claxon. Aurelio vio la tulipa de una de las lámparas del paseo marítimo, debajo de su balcón, que colgaba de un cable peligrosamente. Marcó un número en su móvil y ordenó a un municipal que mandara a repararla.
-Sólo faltaría que se produjera un accidente el día del cierre de la campaña –y miró a, Lucía, su mujer.
-No seas histérico. Las tienes ganadas ¿Te apuras por nada?
Aurelio llevaba veinticuatro años de alcalde con mayoría absoluta, pero cuando llegaban las elecciones se azoraba y no quería perder ni un solo voto. Desde la pegada de carteles se dedicaba a visitar una por una todas las casas de los vecinos del pueblo, visitaba los hoteles, los colegios, los negocios, sin dejar ni un resquicio por donde se pudiera colar la oposición.
-Menos mal que éste es el último año que te presentas –Lucía le puso un zumo y la tortilla sobre la mesita de la terraza.
Aurelio se sentó y bajando la voz le dijo a Lucía:
-Lo tengo todo organizado: en las próximas elecciones Jaime será el alcalde.
-¿Pero tu crees que es tan fácil? No sé; veo tan joven al chico.
-Bueno, ahora es joven porque tiene dieciocho años, pero dentro de cuatro tendrá casi veintitrés. Y tú pasarás de ser la mujer del alcalde a ser su madre.¿Te gusta?
Aurelio le puso el dedo en los labios para que no hablara. Le parecía que sacar este tema el último día de la campaña daba mala suerte. De momento ya había conseguido que su hijo fuera el secretario local de CPD y muy mal tendría que ponerse todo para que dentro de cuatro años no fuera Jaime el candidato.
Terminó la tortilla y se quitó el sudor de la frente con la servilleta. Se miró las axilas y le pidió a Lucía una camisa clara para que se notasen menos los cercos del sudor.
-Toma –Lucía le dio una camisa casi blanca y metió otras dos en el bolso. Abrió la puerta de casa y bajaron las escaleras mientras Aurelio se metía la camisa dentro del pantalón.
Les esperaba el coche del partido forrado de carteles. Goyo con la bandera del CPD en alto gritaba: Aurelio, alcalde, Aurelio, alcalde. Y la gente desde los balcones y ventanas agitaban la mano.
-No sé porque habéis puesto a Goyo de segundo. No me gusta nada –protestó Lucía en voz baja.
-Él arrastra mucho voto, ya te lo he dicho. La gente lo quiere. Pero ya tengo todo organizado: lo voy a mandar a la sede provincial, lo asciendo de categoría y me lo quito de encima. –Lucía le acarició la mejilla.
En las Eras, el cura, don Miguel, les esperaba en la puerta de la iglesia, con la casulla roja y el monaguillo preparado para comenzar la Santa Misa. Don Miguel levantó los brazos con alborozo y le dio una palmada en la espalda al candidato.
-Alcalde, pase usted a la casa del Señor. Que con la intervención de su madre, la Virgen de los Desamparados, seguro que ganamos las elecciones.
Hacía fresco en el interior de la iglesia, sombría y recogida, de arquitectura muy sencilla.” Parece de artesanía”, solía decir don Miguel. Y por eso le gustaba tanto. Además con las aportaciones del ayuntamiento había llenado los altares de imágenes de santos y advocaciones marianas.
Los voluntarios de la caravana y otros fieles se sentaron en los bancos cercanos al altar dejando la primera fila para el alcalde, su mujer y los otros candidatos.
En la homilía don Miguel habló de lo importante que era para los pueblos tener políticos temerosos de Dios y seguidores de su Iglesia.
Pasada la consagración, el móvil de Aurelio vibró en su bolsillo. Se levantó y se arrinconó para hablar sin ser oído. La gente giraba la cabeza al oír su bisbiseo; pero él con determinación se metió en un confesionario. Era Tino, el consejero delegado de la empresa Promociones Inmobiliarias y Turísticas de Canarias SA .
-Dime, Tino.
-Han llegado los apoderados de Schnittlel. Quieren verte. A ti y a Goyo. Ya sé que es un día muy malo, pero es muy importante. Han venido de Suiza. Espéranos y subimos a verte.
-Estoy en la iglesia. Date prisa porque tengo la agenda muy apretada. Hoy es el último día de campaña.
Cuando llegaron Tino y los suizos a la iglesia la misa ya había terminado. Goyo les esperaba para acompañarles a la sacristía.
-Este es el rincón más fresco de todo el municipio. Aquí sobran los ventiladores. Diles a los extranjeros que pasen y podéis hacer negocios sin que nadie os moleste. No olviden al final de echar una buena limosna en el cepillo –dijo el cura abriendo la ventana que daba a un rincón del huerto donde un gran laurel de indias prodigaba su sombra.
Aurelio y su esposa se sentaron en unos sillones de madera tapizados de terciopelo granate. A sus espaldas colgaba un cuadro de San Pablo a los pies del caballo y otro de Santiago Apóstol con la espada en alto y dos cabezas por el suelo.
Goyo, con la ayuda del cura, puso unos sillones para Tino y los suizos.
-Aurelio –comenzó Tino con la mano sobre el hombro del alcalde –lo importante para estos señores es tener la certeza de que se van a calificar los terrenos de la Asomada. Tú, esta noche lo puedes decir en la plaza. Es un as que te doy para que lo saques. Un hotel de cinco estrellas, campo de golf de dieciocho hoyos, quinientos apartamentos de lujo. Dilo. Creamos riqueza, empleos. Y el municipio gana prestigio con turismo de alto standing.
El suizo sonreía y de vez en cuando hablaba en voz baja con su compañero. Tino le miraba, le guiñaba el ojo y le decía: kein problem.
-Eso está hecho. Kein problem –repitió Goyo, y se echo a reír. Nosotros sabemos manejar estos asuntos. Todo tiene solución, menos la muerte ¿Verdad, Aurelio? Somos un gran equipo. Y vamos a ganar.
Las conversaciones se alargaron un rato y el cura irrumpió con una bandeja de almendrados y una botella de vino generoso. Ánimo Lucía, que te veo mustia.
-Vale, esto hay que celebrarlo. Lo mejor para cerrar un trato es el vino de celebrar. Me lo trajo de Valencia un amigo del obispado. Esos si que viven bien... pero trabajan mucho ¿eh?
-Anda, que como no ganemos las elecciones –bromeó Aurelio.
-¡Con la ayuda de la Virgen y con su liderazgo, don Aurelio. Faltaba más! –el cura se bebió el vino de un trago. Y todos levantaron la copa para brindar.
-Venga, otra que yo no brindé con ustedes.¿Está bueno, eh?
Cuando salieron, los coches de la caravana daban vueltas por el pueblo, repartían octavillas y prospectos. El alcalde y su mujer fueron a pie hasta una residencia de la tercera edad al final de la calle. En la escalinata de entrada había una monja delgada y alta con un velo y una diadema, una enfermera gorda en bata blanca con un ramo de flores y un anciano sentado en una silla de ruedas en traje azul oscuro, sombrero de fieltro y pantuflas. La mujer de don Aurelio nada más llegar le dio un beso al anciano y luego cogió el ramo de flores que le dio la enfermera. Atravesaron la recepción y salieron a un patio donde unos treinta ancianos y otros tanto familiares esperaban sentados. La monja pidió un aplauso para el alcalde y todos aplaudieron.
-Gracias, gracias –decía don Aurelio con la manos en alto y haciendo una uve con los dedos. Les prometió una televisión de pantalla plana y sillas de ruedas y ventiladores de techo para la sala de estar.
Un viejecillo se levantó y dijo que querían fumar. El candidato miró al fondo y dijo:
-Hoy, por ser un día especial se lo vamos a permitir ¿verdad hermana? Pero vaya usted al fondo del patio para que no moleste a sus amigos. –El hombre se levantó y fue seguido por otros seis o siete. De repente todos los asistentes aplaudieron y uno grito:
-Y barajas nuevas.
El alcalde volvió a levantar las manos en señal de victoria.
Salieron dos camareras con bandejas llenas de vasos y botellas de refrescos, que dejaron sobre la mesa y fueron repartiendo entre los ancianos. Algunos se acercaban a saludar al candidato o a besar a Lucía. Desde un altavoz sonaba la música del PCD. Aurelio abrazaba a las ancianas y les daba kleenex para que se secaran las lágrimas. Se giró y pidió un vaso de agua. Un abuelillo le alcanzó uno.
-Gracias –exclamó Aurelio y se lo bebió de un solo trago. Se llevó las manos al estómago y comenzó a toser sin parar. Lucía le daba palmadas en la espalda y Aurelio se pasaba la mano por la frente sofocado.
-Era aguardiente –grito Aurelio. La frente se le lleno de gotas de sudor. Se sentó en una silla y Lucía pidió un vaso de agua. Lo olió antes de dárselo a su marido y éste se lo bebió de un trago. Se quitó la camisa y se secó la frente. Todos los ancianos aplaudieron. Goyo se acercó con un cartón y le abanicó. La enfermera salió corriendo detrás de viejecillo y le quitó una petaca del bolsillo de la americana.
-¡Don Goyo! –gritó el anciano.
-¿Qué coño querrá? –protestó Goyo –parecen críos.
-Vamos que se nos está haciendo tarde –le recordó Goyo. –Ahora tenemos que ir a las escuelas, damos un mitin y repartimos programas. Los candidatos vamos en el descapotable y las mujeres que nos esperen en las escuelas.
Montaron en los coches. El sol pegaba de pleno. Todos sudaban. Aurelio cabeceaba. El chofer sacó una gorra de la guantera y se la pasó a don Aurelio.
-¡Joder! En cuanto lleguemos a la escuela me tomo un café bien cargado. Me estoy durmiendo.
-Lo que tienes que hacer es tomar una de estas –Goyo le mostró una pastilla. -Yo me tomo una por la mañana. Es lo que toman los líderes de los partidos. Esto es el Viagra de los políticos americanos. Toma. Hoy no podemos dormirnos. Si no aguantamos el tipo la jodemos. –Aurelio se la trago con un poco de agua.
En la entrada de las escuelas sólo estaba el guardián. La gente esperaba en un aula con las ventanas abiertas y sentada en los pupitres que quedaban en la parte de sombra. La mujer de Aurelio le trajo un café a la puerta del aula.
-Toma, que estabas dormido, que te lo noto. No te dejes comer el terreno, espabila.
Entró y estalló un gran aplauso. Aurelio habló de la importancia de la cultura en el municipio. Del interés de su partido por la gente joven y del gran impulso que habían tomado las tradiciones isleñas desde que él era alcalde. Se sacó un pañuelo y se secó la frente. Sobre la mesa había una botella de agua y varios vasos; cogió la botella y bebió a morro.
Goyo tomó la palabra y agradeció al alcalde todo lo que había hecho por la juventud. Prometió un estadio de fútbol nuevo y una piscina olímpica. Todos aplaudieron. Esperó; con la mano pedía silencio y calma:
-En estos cuatro años vamos a convertir el municipio en un ejemplo para toda la isla. Y mis planes son, un centro cultural con salón de actos y una gran superficie comercial con multicines. Y además un centro de asesoramiento para las pymes. Lo primero, crear puestos de trabajo.
Le dio un golpe en la espalda al alcalde y le levantó la mano. Todos aplaudieron y gritaban: ¡Alcalde!
De las escuelas subieron en caravana a un parque forestal donde habían organizado una gran paella. Goyo se metió en el mismo coche que el alcalde.
-Te veo apagado. Tienes que levantar el ánimo.
-Me estoy durmiendo –se quejó Aurelio –entre el sol y los tragos estoy que me duermo.
-¿Pero ya tomaste la pastilla?
-Sí, ya me diste una.
-Pues toma media más; venga. Hoy es el último día.
Los coches aparcados en hilera a lo largo de la carretera general cerca del parque forestal de Chio anunciaban el gentío que esperaba a la caravana. En un lugar apartado del merendero salían fumarolas de la parrilla y olor a chuletas a la brasa. Sobre otro fuego había una paellera monumental. El alcalde subió a un estrado y micrófono en mano, saludó a los asistentes.
-Estamos en la tierra más bonita de España. Vamos a ganar otra vez. Aunque haga calor, ganaremos. Hace un calor del carallo, como dirían los gallegos, pero les ganaremos. –se quitó la camisa y pidió que le pasaran una botella de agua. La cogió y se la echó por la cabeza. La gente estalló en carcajadas. Goyo, que estaba junto él, hizo lo mismo. Pero Aurelio, eufórico, levantó el brazo y añadió:
-Venga, todos a refrescarse. Pásame el vino que ahora lo que toca es comer y beber. Yo me quedaré aquí animando para que sepáis que voy a ser vuestro alcalde otros cuatro años. Porque yo soy como estos pinos –señaló al bosque –que mueren de pie.
-Dame otra, que estoy seco –Aurelio alargó el brazo. Uno de los de la primera fila le pasó una coca cola con hielo. Se la bebió de un trago. Siguió hablando y la gente entre vino y paella se reían a carcajadas.
-Tengo la boca seca. Dame otra.
-¿También con ron o sola? –le preguntó un paisano.
Lucía le arrancó la lata de coca cola y se la dio a Aurelio. Luego le pidió que bajara que ya estaba la comida en el plato. Se sentaron y, mientras comían, una rondalla tocaba “la farola del mar”. La gente iba y venía de las chuletas a las papas arrugadas.
-No comas demasiado que te hará mal.
-Deja ya de atosigarme, chica. –se quejó don Aurelio.
-No me hables así delante de la gente –murmuró Lucía –estás raro; bueno, rarísimo. Tú que nunca hablas hoy te has pasao. Goyo no tenía que prometer todo lo que ha prometido en el colegio. Ese papel te corresponde a ti. Y ponte una camisa que así no pareces un alcalde.
Aurelio se levantó de pronto, dio dos zancadas y se subió en el estrado otra vez:
-Estamos aquí para celebrar el final de la campaña electoral. Pasado mañana yo seré el alcalde. Que no lo dude nadie, el alcalde seré yo porque todos me van a votar. ¿Sí o no? –todos aplaudieron. -Vamos a construir un campo de golf, un hotel con cientos de camas, y no más apartamentos hasta que cambie la coyuntura. Y pondremos televisión en la residencia de la tercera edad. Césped artificial en el campo de fútbol –Le dio un hipo repentino y cada vez que quería recomenzar el discurso se veía interrumpido por el hipo. Una señora le pasó un vaso de agua con un cuchillo dentro:
-Beba siete sorbos y se quita el hipo.
El acalde se agachó para coger el vaso, dio un traspiés y Goyo que estaba debajo le ayudó. Los dos rodaron por el suelo después de una aparatosa caída. Goyo chillaba con un brazo desencajado. Aurelio permanecía quieto. Lucía corrió a socorrerlo, pero no se movía.
-Corran, un médico –se acercó uno de la Cruz Roja, se arrojó sobre él e intentó reanimarle. Le aplicó el boca a boca y masajes cardiacos.
-Para mí que se golpeó en la nuca –grito uno de la primera fila. –mire, hasta se dejó pelos en esta tabla.
26 de abril de 2011
POEMA

No era un colmao,
era un supermercado,
desierto.
Los arenques no llegaban a las latas
ni las latas, a los anaqueles.
No había caballa ni atún del norte,
el queso de tetilla y el queso podre apestaban
en la paja del establo,
y nadie comprendía que pasaba con la ausencia,
la nada que iba llegando
como llega la lotería.
¿Qué fue del papel higiénico?
¿Porqué los cerdos morían de viejos en las dehesas
y jamás íbamos a ver más fruta fresca?
Los campos no llegaban a la ciudad,
los turistas hacían ronronronrorn pero el avión no volaba
y ni el whisky ni el coñac arrancaban motores
Cartas de olivos milenarios,
Expresadas en latín, decían:
“es la energía, imbecil”.
Y las aceitunas no alcanzaban ya las almazaras.
Las botellas de plástico y el propileno expandido
se cotizaban en bolsa.
los agentes de Wall Street comían papel satinado
y corbatas a la carbonara.
¿Hasta cuando durará la cocacola, se preguntaba el G-20?
Por cada dos habitantes un coche reposaba a lo largo de las avenidas.
Nadie iba ni venía.
Es la hora de las rogativas.
Los fieles no comprendían.
“Que llueva, que llueva, la virgen de la cueva”
Virgencita, virgencita,
no hay más cera que la que arde
¿Y el petróleo, madre mía?
"Que llueva, que llueva, la virgen de la cueva"
17 de abril de 2011
POEMA
7 de abril de 2011
6 de abril de 2011
POEMA
18 de marzo de 2011
POEMA: Amasijo

Esto ha sido una gran conmociónUna jaqueca a la japonesa
Una ruptura de aguas sietemesinas
Una pedorreta a la disciplina del ahorro
Una carcajada a la política de ajustes
Una navajada en el estómago de la ortodoxia
Un orgasmo de la lógica desvanecida
Un panteón fuera del cementerio
Un chollo para las funerarias
Estamos al borde de la fisión
En la cola de los reactores
En medio de la vasija
Refrigeramos con agua de tsunami
Somos una rogativa
Que se ha calentado el núcleo
que no ha explotado
que solo ha sido un eructo
que solo ha sido un flato
que el corazón aun funciona
que esto no es Chernóbil
que esto no es Marruecos
que esto no es Bolivia
que el tertuliano es pronuclear
que el pronuclear es tertualiano
que el ciclo se acaba
y habrá que cavar a mano.
¿cavar o cagar?
15 de marzo de 2011
3 de marzo de 2011
23 de febrero de 2011
POEMA



Alguien buscaba hierba, lluvia
o el refrescante saludo de los besos,
pero sólo había himnos de cadetes.
Se quebró la distancia entre el colegio
y la casa familiar acobardada,
y tuve que caminar a tientas
con un bastón blanco en la memoria.
Presentía que había mundos interiores,
otras calles distintas
adonde nadie arrojara plegarias,
pero un hedor a venganza lentamente caramelizada
enmudecía las tertulias.
17 de febrero de 2011
15 de febrero de 2011
POEMAS



El pan lleva mil años de besos
en la corteza
y es la cara amable de la hambruna.
(ii)
Tus dedos no denuncian;
sólo quitan la desazón de verrugas
silenciosas.
(iii)
Los ojos son gorriones
que mueven inquietos sus pestañas,
y buscan granos en la acera.
(iv)
Ahora vive en un face book
donde desvela sus secretos
sin temor a las pandemias
7 de febrero de 2011
DIVERTIMENTO



Es misterioso
Yo llegué al mundo
Sólo de un soplo.
Un soplo es algo
Y si es de Dios, es uno y trino
Trino y divino;
Hay que decir que eso fue asi:
Nada se destruye, todo se transforma,
Dios es esencia, no tiene forma,
Un sobresalto, una sorpresa
Células vivas, células muertas
Sin más ni más así se llega
A un Paraíso:
Todo son flores, todo son fresas,
Nubes azules, las hojas muertas.
-Dime, señor ¿dónde está la nada?
-la nada soy Yo.
-¡quien lo diría
que seas el todo y seas la nada,
la noche, el día.
Pero algo es algo
la luz es algo, el aire es algo
el sol, la arena, los polvos talco.
Y allí estabas Tú, todo tranquilo
El día domingo
Con un vermú y una aceituna
En una hamaca, bajo la luna.
Y el hombre solo,
Sin apetito, solo solito
Entre dos ríos
Uno es Tigris,¿ cual es otro?
Como se llame, que aquí no cabe.
-Aquí hay de todo:
Tigres, panteras,
Perros, mosquitos,
Pulgas, ladillas,
Sapos, ardillas.
-Pero algo falta:
Dame, Yahvé, una compañera,
gorda, delgada,
como ella quiera,
rubia o morena;
no muy beata ni mojigata.
que sepa gozar y que esté buena.
-Yo te daré de tu costilla
Una de oro y canela fina.
-¿ De mi costilla?
Y ¿por qué no de mi semilla?
-Cosa de dioses, sigue tranquilo,
Si tu me crees, seré tu amigo.
-Pues NO TE ENTIENDO, esto es un lío.
Besos divinos para todas/os
1 de febrero de 2011
Un don del Nilo


para eternizar las dinastías;
los huesos rogarán silencio,
y un hombre sucederá a otro hombre
como los frutos cada año llegan a los huertos.
Hoy por sus orillas
los papiros piden alma.
Aun no flota el pan,
ni las mujeres se visten de loto,
pero cantan los ibis protectores
y hay plata escondida en la hojas del sicómoro.
Entre nubes de gases
los ojos lloran
mas un sordo eco de pisadas ahuyenta al cocodrilo
y la cobra sucumbe al encanto
de flautas intangibles.
25 de enero de 2011
DÍA PERDIDO





El día perdido
Cada día me veo más lejos de mí,
no hay campo; sólo hay sed para arruinar la tarde.
Pero en el camino aparecen
inspectores de la casa del vecino,
cuentas.
Un miedo marrón de tierra sombra,
un miedo como de insomnio
con olor a orines de viejos en la última estación.
Ya no hay campos de batallas; todos estamos vencidos
con un ruido indigesto de motores.
Creíamos que todo estaba perfectamente ajustado,
pero no hay nadie en el portal;
desde las redes sociales llueven palabras,
voces con cartílagos en las vocales
y un ligero interés por lo olvidado.
Me veo como si viviera en otro cuerpo,
exhalando flatos de última hora,
y si ofrezco mi corazón asoma el hígado
o mis piernas y mis brazos, amputados.
Nada que añadir.
Todo está dicho.
Los jardines son de flores de plástico
con un lienzo de viernes santo.
No me digas nada más:
tengo problemas respiratorios.
16 de enero de 2011
IDOIA


Idoia vivía en un caserío al final de la carretera de la estación: una casa con huerto junto al cementerio.
Idoia era La Container. Le gustaba romper nueces con el puño y descargar las bombonas de butano de dos en dos. Cuando tuvo que hacer la primera comunión se negó a tomar la hostia, porque no le dejaron vestirse de marinero.
No era tímida, y creció más o menos feliz hasta los dieciocho, cuando su padre y sus hermanos murieron en un accidente. Se quedó sola.
La Container heredó el negocio familiar, un bar y un caserío. Idoia se metía detrás de la barra en mangas de camisa, el pelo recogido con una cincha y… allá ellos. Porque para Idoia los parroquianos no eran clientes, eran amiguetes que venían a verla y a llenar las paredes de consignas políticas y marranadas.
De todos los amigos, Andrés era el preferido: llegaba, se le acercaba al oído y le decía en voz baja:”Idoia ,tócame la polla” y se morían de risa.
-Idoia, tengo una cosa para tí, si me llevas a tu casa te daré un poco -le dijo
Andrés una tarde.
-Dámelo aquí, ¡joder!.
-No, mujer, aquí no; cuando estemos solos.
Al cerrar el local fueron a su casa, un caserío grande, casi abandonado. El salón de la tele con la mesa del comedor y las sillas eran las mismas que cuando vivía su padre.
Andrés sacó un paquetillo de coca e hizo unas rayas.
-Ya verás que marcha; espera, espera que te haga efecto.-dijo Andrés hundiéndose en el sofá raído, de flores verdes.
Andrés cabalgó sobre Idoia a cámara lenta. Y a La Container le excitaba aquel muchacho llenó de acné y recién salido de la adolescencia.
Un día Andrés trajo un envoltorio y le dijo a Idoia que lo abriera:”Ábrelo”.
Ella desplegó el contenido: una braga de cuero negro, un chaleco del mismo material, dos cadenas,una fusta y varias insignias. Lo miró asombrada. Y Andrés le ordenó al oído:
-”¡Póntelo!”.
Ella obedeció.
-Vamos a jugar. Tu mandas y yo obedezco.
Desde entonces todas las noches subían al caserío.
Aquel chavalín la volvía loca. Le gustaba su culo, su cara lechosa, su mirar de oruga y le excitaban las palmadas y los pellizcos.
Cuando se vestían de cuero, el olor era como para el perro de Paulov el ruido de las barras, y se humedecía toda.
-Me gusta todo de ti menos una cosa -le dijo ella un día, mientras le colgaba de un travesaño de la puerta del trastrero.
-¿Qué cosa?-preguntó Andrés.
-Que te pases el día haciendo el vago. Demasiado tiempo para ligarte a otra.
-Si quieres ayúdame y trabajamos juntos.-Le dijo Andrés besándole un pezón.
Y la Container se metió en lo de la droga por amor; para evitar los celos. Y cuando Andrés le traía los paquetes, ella los escondía en la cuadra, en el huerto, en el vano, porque nunca estaba tranquila con el alijo en casa. Primero, era sólo droga; luego, pasaportes, pistolas, dinero, y más drogas. Un noche tuvo una idea: en el cementerio de al lado de casa había un panteón vacío, cogió al chico por el cinto y lo arrastró a visitarlo. Era un rectángulo de varios metros, con nichos a los lados, debajo de una losa de piedra caliza. Allí esconderían la droga.
-¿Y tú porqué conocías ésto?-le preguntó él.
-De niña jugaba aquí con mis hermanos. - y aprovechó la soledad del panteón para morderle el cuello y pedirle que la follara.
-Túmbate, échate al suelo-le ordenó ella.
Sentirse vivos entre los muertos era una nueva vida; el ruido de la fusta sobre la piel, azotarle y ser azotada, arañarle la espalda.
-¿Te figuras?, si un día me mataras me podrías dejar aquí con los muertos, nadie se enteraría.-Le murmuró Andrés, maniatado.
-Te torturaré, pero te mantendré vivo. Vivo y caliente -cerraba los ojos y le apretaba el cuello.
-Cuando no puedas aguantar más pellízcame y yo te soltaré. Te apretaré hasta que grites - le atenazaba hasta dejarlo casi sin resuello.
Una mañana Andrés le dijo a Idoia que tenía que ausentarse por una temporada.
-Me voy lejos; son órdenes. El jefe me quiere en otro sitio, donde nadie me conozca. Tu guarda la mercancía hasta que alguien se ponga en contacto contigo. Sigue como si nada, igual que siempre.
-¡Qué cojones me importa a mi la mercancía!, yo estoy en esto por tí. Yo te quiero a ti aquí. Los paquetitos te los metes por los huevos.
-Cuando me haya establecido te escribiré. De momento no puedo, debo obedecer, pero pronto nos veremos, confía.
Ella le clavó los dientes en los labios y él le hizo un corte en el muslo como recuerdo.
Tres meses más tarde, un viernes por la mañana, apareció Amadeo, un joven, elegante, desgarbado, con gafas de titanio y camisa Ralph Lauren Polo. Acercándose al oído le dijo:”Idoia, tócame la polla”.Y dejó escapar una risita aflautada y falsa.
-¿Dónde está Andrés ? -Gritó La Container con unas ojeras perdidas en el fondo de la cara abotargada.
El joven, extendió las manos y encogió los hombros.
-Yo vengo a lo que vengo, y no sé nada. ¿Andrés?.¿Quién sabe donde?
-¿Qué quieres?-preguntó Idoia.
-Lo que tienes escondido. Me lo das, me lo llevo y sanseacabó.
Idoia le llevó hasta el panteón. Las zarzas gemían desde la tapia. Bajaron.
-Asi que no sabes nada de Andrés. Ni donde está, ni qué hace ahora.
-No preguntes. No se pregunta, si estás en esto ya sabes para que estás.¿O aún no te has enterao? Piensa con esta cebolla - y le dio con el dedo índice en la frente.
Idoia se acercó al nicho, cogió una pistola y encañonándolo le ordenó:”¡desnúdate!”
También ella se quitó el chandal y se quedó con el traje de cuero negro que Andrés le regalara.
-Bésame. Toma, escribe-le ofreció un carmín de labios y le obligó a escribir-escribe sobre mi cuerpo: Andrés te ama, Andrés te espera. Tírate al suelo. Asi no, de espaldas. Toma, por Andrés. –Le azotaba en las nalgas y las lágrimas le caían como lluvia caliente por la espada.
-Estas loca, joder, ¿qué haces? Yo no sé ni quién es ni si vive.
-¿Está muerto?¡Quién lo mató! Píntate los labios, más , y los ojos, píntate, píntate los ojos. Pídeme perdón, grita ; más fuerte. Pídeme perdón. Que te oigan los muertos. Cabrón. Toma, trágate la pistola.
-Joder, quítame la pistola de la cara. Si quieres que te folle, te follo bien, yo hago lo que quieras, dime. Quítame la pistola-y la llantina era un sonido de gaita en la niebla.
Idoia le apretó el cuello con los dedos-”Métemela”,- gritaba-”te voy a asfixiar. Cuando no puedas más te mataré. Escúpeme con fuerza”.
El joven le hincó las uñas en los pechos y llorando le pedía perdón.
-No gimas tanto.
Idoia miró los ojos pitarrosos del chico y sintió asco; apretó el gatillo y el cuerpo desnudo del joven cayó hacia un lado. Pero al golpear la piedra del suelo, Idota oyó que decía: “Río Tinto”.
Agitada, se secó la frente, se puso el chandal, cogió el saco con el alijo de entre las tablas y salió del panteón. Las zarzas se le agarraban al pantalón y al arrancarlas se pinchó un dedo. Fue al bar y con la sangre escribió en una de las paredes, “Andrés, te quiero”.
Sacó todo el dinero que tenía en la cuenta del banco y en la caja, y se marchó a Río Tinto. No sabía por qué, pero pensó que Andrés tenía que estar en Río Tinto. Obviamente no lo encontró; pero por si algún día aparecía, alquiló un piso y se quedó a vivir en la ciudad onubense.
11 de enero de 2011
Poemas en prosa y una reflexión en voz alta

Hoy no he salido a pasear y creo que he perdido el sol. Horas doradas por el calor de la costumbre, horas que saludan a la playa. Me quedé encerrado en casa, junto a las botellas de vino del armario y las latas de tomate triturado. Si hubiera asomado la cabeza por el balcón, que mira a La Gomera, hubiera podido soñar un poco.
Voy a tener que poner más atención y no dejarme llevar por la pereza. Detrás de uno ocurren cosas. Sí, sí, ocurren cosas, y lo sabe el gato y la perra Dora, que están pegados a las patas de la silla donde reposo adormilado. Pero de cuando en cuando salen al jardín a perseguir lagartos, disfrutan; lo noto en las sacudidas del rabo y en lo sucio que traen el hocico después de escarbar en la tierra. ¡Ojalá, yo también escarbara la tierra antes de la siesta.
Sobre G.Belli
Si dejaras que corriera el sudor de nuestro amor sobre tu cuerpo, te ahogarías en esta soga que me ciñe la garganta, que impide que surjan las palabras que lo nombran. Y así llego al silencio, que no existe; pues siempre hay una brizna, un rumor, algo diminuto que nos persigue.
Por el Vístula
Hoy he subido al hotel por la vereda de adoquines que va de la orilla del río hasta “Le Regine”. Una mujer pasea a su pastor alemán: husmea.
No sonríen ni dicen buenos días los ciudadanos de Varsovia que encuentro en el camino. El curso del río es muy tranquilo y desciende hacia la mar sin prisa, lamiendo los blancos arenales. Sobre una roca dos hombres pescan. No rompen el frágil equilibrio de la brisa con sus cañas y sus ojos aguantan el brillo brutal de un sol que esta saliendo para comenzar el día.
Así es el cielo
En el cielo hay ángeles que hurgan en latas oxidadas hombro a hombro con pobres vagabundos.
Hay bolsillos vacíos y agujeros por donde vuelan sin rumbo gorras que no dan sombra.
Hay ángeles que descienden cada día a mendigar a la puerta de una iglesia; y por la noche, beben cerveza acostados con las chinches de colchones eternamente orinados en salas infinitas.
Hay nubes llenas de niños con mocos, dientes cruzados por caries, dedos con uñas negras, coderas desgastadas y ojos con bolsas de lágrimas para los días de lluvia.
Hay perros y gatos y gaviotas amigos de San Francisco.
Así dicen que es el cielo.
13 de diciembre de 2010
SALUDOS
18 de noviembre de 2010
GATEANDO


Estaba comprando un helado en la esquina Herradores, cuando un golpe seco a mi espalda atrajo mi mirada. Quedé con la lengua pegada a la bola de vainilla recién pagada, al ver un gato despanzurrado sobre la acera. Miré a lo alto del edificio por el que pasaba en ese momento, y, nada; ni los geranios del ático se movían. Sólo dos nubes veraniegas , allá en el azul madrileño.
La gente, atacada por la marcha de un día cualquiera , pasaba junto al gato; unos saltaban para no pisarlo, y otros bajaban de la acera. Fui al coche y traje una señal de peligro para evitar un disgusto.
Contemplaba al pobre bicho de cuyo final me sentía responsable ,no sé por qué, cuando volvieron a tirar una mochila pequeña y un trozo de manta de lana. Rápidamente miré a las ventanas de nuevo, pero, nada; todo quieto.
No sabía qué hacer. Si hubiera estado en Inglaterra seguro que los amigos de los animales se habrían hecho cargo del animalillo; pero en este país los gatos andan ,mas bien, escocidos.
Empujado por la perplejidad; es decir, aturdido, enrollé al gato en la manta, lo metí en la mochila y giré la vista hacia el edificio. Las nubes eran ahora negras y presagiaban tormenta. Había una puerta corredera abierta en una terraza, pero nadie salía por ella.
“Eso es que alguien”-pensé -arrastrado por el suelo se acercó a la baranda para verme sin ser visto”; y anoté: “quinto piso”.
Entré en el edificio y el portero me dijo que en el quinto B, vivía una anciana de noventa y tantos ; los dueños del A estaban en las Sechelles, y el C era de su sobrina; además él no tenía por costumbre dar explicaciones.
Salí pensando que el portero me había mentido; quizás me confundió con un terrorista, pues suelen llevar mochila, gafas y flequillo, como yo. Paseé un rato por la calle, la mochila colgada de la mano izquierda , pero separada del cuerpo. Subí y bajé por Herradores hasta que cansado me metí el bar Los Candiles. Me senté en una banqueta de madera que había alrededor de un barril , y pedí un vino.
-¿Fino?- Un camarero estirado con pinta de cantar fados pasó un trapo por la mesa.
-No, que sea tinto- le dije , por mosquearlo un poquito -y un montao de lomo, por favor.
-Lomo no tenemos, pero... jamón , queso, chorizo, aceitunas. –El camarero cogió la mochila y la colocó al pie de mi banqueta.
-Chorizo y una cuarta de vino. -Con el pie coloqué la mochila para que no la pisase el hombre.
Las paredes del bar estaban decoradas con motivos taurinos, cuadros y carteles de corridas ,toreros con orejas y rabos dando la vuelta al ruedo, fotos sucias y amarillas que se enrollaban de viejas. Manolete con un mechón sobre el ojo y Belmonte. Sobre mi cabeza ,una cabeza de toro con ojos grandes y turbios. Y un cartelito :Mandarín ,40 arrobas.
Miré a la mochila , engullí el chorizo y de un trago y el tinto. El pelo se me agitó con un golpe de aire fresco de un ventilador de techo. Cogí el felino del suelo y sin demora me largué a la policía a denunciar el hecho: alguien me había tirado aquel gato. No sé por qué, pero me lo habían tirado. Y encima el portero pensaba que yo era un terrorista.
Subí la calle Espinosa , tiré por la escalerilla que da a la Plaza José Mantueco y entré en la policía. El guardia de la puerta ni me miró , saludé al del mostrador y tampoco. Pero me coloqué frente a él y tosí un par de veces. Cuando terminó de pasar las multas al libro, -eso me dijo - se levantó.
Era altísimo: las piernas , dos canillas de más de un metro que sostenían un cuerpo pequeño, vestido de sargento. Carraspeó, y me preguntó qué quería.
-Verá- tuve que mirar hacia arriba para poderle verle la cara- me trae aquí un asunto...inusual
-¿Inusual?¿No sabe, caballero, que lo inusual es lo común en las comisarías?
La verdad que no había pensado en eso- Es que esta tarde, en la calle Herradores , 20, alguien me arrojó un gato a la cabeza. Afortunadamente no me golpeó- Le mostré la mochila .
-¿Tiene usted la certeza de que el gato le fue arrojado con intención?¿conoce usted a alguien en el inmueble, alguien de quien sospeche?
-No, que va, pero alguien me lo tiró ¡vamos digo yo!
-El gato pudo caerse o incluso suicidarse. ¿No se suicidan las ballenas?.
-Señor policía, un gato no es una ballena; los gatos no se caen. Yo ya he pensado en eso- Parecía un sargento ilustrado.
-Cierto ,cierto , admitamos que no se cayó. -Señalaba al techo con el índice.
- ¿Está permitido tirar objetos a la calle?- interrumpí , para llevar el toro a mi terreno.
-¡Oh, qué país!¿ cómo puede alguien tener el coraje de arrojar un gato al vacío? Claro que un gato no es un objeto y tendríamos dificultad para poder sancionar a alguien bajo el artículo 223 de las ordenanzas municipales; porque en puridad un gato no es un objeto y no recuerdo ningún artículo que hable de arrojar animales a la calle.
Me puso la mano en el hombro y me preguntó:¿Le gustan a usted los callos?
Miré a lo alto, buscándole los ojos y dije que sí sin pensarlo mucho.
-Pues siéntese y vamos a comernos unos callos que me trajo mi señora. Si sigo divagando sobre su gato ,se me van a quedar fríos.
De un cuartito , en un extremo del mostrador ,sacó unos platos , cubiertos y una tartera.
-Esto como está bueno es con tinto, pero como estoy de servicio...
Untó un trozo de pan en la salsa y poniéndomelo en los labios, dijo:
-Abra, abra la boca y coma esto que es lo mejor de los callos.
Al abrirla se me escapó la baba.
-Ve usté. Si es que lo mejor es la salsa. ¡Los callos, a la madrileña! ¿Ha comido usted callos a la mode de Caën? es como los comen en Francia: una mariconada.
Terminada la merienda , se echó para atrás en la silla .Cruzó las piernas, que parecían los palos de una portería, y a la vez que se tocaba la barriga, hacía oscilar la cabeza como si cavilara.
-¿Sabe lo que le digo?, que lo mejor que puede hacer usté con ese gato ,es llevarlo al cementerio del hospital la Princesa. Yo llamaré. Trabajé allí de guardia jurado y conozco mucho al enterrador ¿Sabía que en todos los grandes hospitales hay cementerios para enterrar los miembros amputados? Bueno, hoy están cerrando muchos porque los terrenos en la ciudad valen muy caros, incluso con la crisis. Pero el hospital la Princesa es muy conservador y sigue enterrando las amputaciones; ya sabe, piernas y brazos y riñones . El cementerio es una monada: un jardín en un ala del edificio al que se accede por un pasadizo; así los enfermos no ven los enterramientos, pues aunque son entierros de menor cuantía ,siempre afecta.
Se quedó de nuevo pensativo escarbándose los dientes con la uña. Aclaró la garganta y me sopló al oído:
-¿Sabía usté que ahora existen frigoríficos en casi todos los hospitales ,donde, si alguien lo desea , le guardan los miembros amputados hasta que llegue la hora. La final, usté ya entiende. No me mire con esos ojos; esto es así de cierto- cruzó los dedos - claro que sólo gente de mucho dinero ...
-Claro, claro- miré la mochila ,casi olvidada.
-Es que si fuera barato ,figúrese usté la de miembros superiores e inferiores esperando la resurrección de la carne.
Y continuó:
-Recuerdo los marqueses de Cuevas Luengas; trabajé con ellos como guardaespaldas; sufrieron un atentado en la fiesta de Montejurra. Ella perdió las dos piernas ¡Pobre doña Casilda! era una mujer bandera, y encima, con dinero. Hubo que amputárselas desde el muslo.¡Zas! –se pasó el filo de la mano por la ingle- El pobre marqués envió aquellas piernas, que tantos gozos le habían dado , al frigorífico de una clínica de Pamplona. La marquesa, en silla de ruedas, entre oporto y cigarrillos , recorrió hasta el aburrimiento las estancias de palacio durante todos los años que sobrevivió al atentado. Cuando murió, el señor marqués hizo que le trajeran las piernas de su difunta. Estaban intactas. Rectas, bien torneadas. Las embalsamó, las enfundó en medias de cristal, y con unos zapatos Gilda, las metió en el féretro, donde yacía la marquesa , ahora , gorda y muchísimo más vieja. Cerró la habitación del velatorio y pasó su última noche con ella.
El sargento estiró las piernas , sacó un bolígrafo y una libreta de la guerrera y me espetó:
-Hala, tome esta nota y váyase al Hospital La Princesa a enterrar el gato; yo tengo mucho trabajo.



















