9 de agosto de 2009

UN POEMA CADA DÍA, XIV


No habrá destellos
detrás de tu ladrido;
quizás la espina
en el interior de tu cuerpo despojado,
quizás
la sal,
en gotas de silencio
y el grave
respirar
que araña mis oídos.
Tu piel: tu pelo,
suave y templado a mi mejilla,
el impulso hacia los besos
en la sombra de tu vida
esparcida por el mármol
de la sala
cuyo frío noto en mis pies desnudos.

5 comentarios:

Kim Basinguer dijo...

Muy lindo el perro y el sentimiento de su sufrimiento.

José Antonio dijo...

Saludos, Joaquín, linda foto.

María dijo...

¡¡Pero, Joaquín!!
¿Tú no estabas de vacaciones?
Si hasta tu perrillo tenía ojos de extrañarte un montón.
En fín, cuando puedas, pásate por mi blog que te he dejado algo para ti.
E, ya te explica lo que tienes que hacer.

Mil besos

JOAKO dijo...

Si cambias la palñabra "besos" por la palabra "sesos", todo el poema cambia, como en este texto de Cela:
Tenía una perrilla perdiguera –la Chispa-, medio ruin, medio bravía, pero que se entendía muy bien conmigo; con ella me iba muchas mañanas hasta la Charca, a legua y media del pueblo hacia la la raya de Portugal, y nunca nos volvíamos de vacío para casa. Al volver, la perra se me adelantaba y me esperaba siempre junto al cruce; había allí una piedra redonda y achatada como una silla baja, de la que guardo tan grato recuerdo como de cualquier persona; mejor, seguramente, que el que guardo de muchas de ellas...Era ancha y algo hundida y cuando me sentaba se me escurría un poco el trasero (con perdón) y quedaba tan acomodado que sentía tener que dejarla; me pasaba largos ratos sentado sobre la piedra del cruce, silbando, con la escopeta entre las piernas, mirando lo que había de verse, fumando pitillos. La perrilla, se sentaba enfrente de mí, sobre sus dos patas de atrás, y me miraba, con la cabeza ladeada, con sus dos ojillos castaños muy despiertos; yo le hablaba y ella, como si quisiere entenderme mejor, levantaba un poco las orejas; cuando me callaba aprovechaba para dar unas carreras detrás de los saltamontes o simplemente para cambiar de postura. Cuando me marchaba, siempre, sin saber por qué, había de volver la cabeza hacia la piedra, como para despedirme, y hubo un día que debió parecerme tan triste por mi marcha , que no tuve más suerte que volver mis pasos y sentarme de nuevo... La perra volvió a echarse frente a mí y volvió a mirarme; ahora me doy cuenta de que tenía la mirada de los confesores, escrutadora y fría, como dicen que es la de los linces...Un temblor recorrió todo mi cuerpo; parecía como una corriente que forzaba por salirme por los brazos. El pitillo se me había apagado; la escopeta, de un solo caño, se dejaba acariciar, lentamente, entre mis piernas. La perra seguía mirándome fija, como si no me hubiera visto nunca, como si fuese a culparme de algo de un momento a otro, y su mirada me calentaba la sangre de las venas de tal manera que se veía llegar el momento en que tuviese que entregarme; hacía calor, un calor espantoso, y mis ojos se entornaban dominados por el mirar, como un clavo, del animal...Cogí la esopeta y disparé; volví a cargar y volví a disparar. La perra tenía una sangre oscura y pegajosa que se extendía poco a poco por la tierra.
Camilo José Cela: La familia de Pascual Duarte

Perdona no he podido reprimirme, supongo que tu poema está en las atipodas de esto.

Joaquín dijo...

Como decía no séquien la obra de arte es absoluta, porque si se cambia una sola palabra, un verbo, un adverbio o incluso un signo de puntuación el resultado es otra cosa. Pero eso no quita para que nos acometa la tentación de cambiar besos por sesos.
Yo en este poema estoy más cerca de Gala que de Cela, y lo siento.
Pero uno no va a renegar de sus propios fijos.
Saludos
JT