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29 de abril de 2010

LOS CARACOLES




Herminia, recién casada, llegó al pueblo de la mano de su marido Eusebio, quien trabajaba en uno de los hoteles de la costa sur de la isla. Su aparición fue una sorpresa para los vecinos de aquella pequeña localidad, pues Eusebio era un tipo taciturno y pusilánime al que sólo se podía imaginar tumbado en una cama mirando a las musarañas. Pero se casó, y lo hizo con una mujer apetecible, de grandes pechos, muy resuelta, que tan pronto como tuvo mando en plaza se hizo cargo del timón familiar.
Él siguió trabajando en el hotel, pero Herminia le sorbió el seso. Herminia, decía; Herminia, soñaba; Herminia… Le parecía mentira que su vida hubiera cambiado tanto después de la boda. Una boda arreglada por su tía, como no podía ser de otra forma.
Herminia no perdió el tiempo: enseguida montó una tienda de “souvenires”. Aprovechando la destreza que había adquirido montando los belenes de la parroquia de su pueblo, comenzó a crear piezas artesanales: cajas con caracolas y espejos con marcos de conchas de mar, pisapapeles de piedra volcánica, ceniceros de cristal con vistas del paseo marítimo, tapetes bordados con el nombre del pueblo. Su tienda se convirtió en paso obligado para los turistas.
A pesar de la pusilanimidad de Eusebio, al año de casados la mujer se quedó embarazada y dio a luz a una hermosa niña a la que llamaron Julita.
La dedicación y el entusiasmo por darle una buena educación cristiana se hicieron evidentes desde el primer día. Herminia celebró el bautizo y aprovechó la ocasión para integrarse en la colectividad invitando a los vecinos, incluido el cura, don Luis, a un desayuno de chocolate y rosquetes de anís que confeccionó ella misma.
Pronto organizó comisiones de fiestas, procesiones, cabalgata de reyes, alfombras del Corpus y, un día a la semana, se cuidaba del ornamento de la iglesia.
En casa, bendecían la mesa antes de las comidas y rezaban con la niña al irse a dormir.
Julita crecía entre mimos y oraciones. Su madre le cosía una ropa preciosa, la llevaba a misa todos los domingos y fiestas de guardar, y cuando llegó el momento de la primera comunión su vestido de organdí fue la admiración de todas las madres.
Julita era una niña muy graciosa y obediente, pero en la escuela nunca pasó del aprobado raspado y cuando acabó la primaria le dijo a su madre que no quería seguir estudiando.
-No comprendo esta tozudez; tiene la buena memoria de su padre y a mí me hubiera encantado que fuera a la universidad. Le damos todo y cuanto más se le da menos hace. –Protestaba su madre.
Las vecinas la veían segura de sí misma como la madre y atolondrada como el padre. Es decir un cóctel que mezclaba lo peor de las dos naturalezas. Y a los dieciséis años cuando se quedó embarazada. La gente pensó que algún sinvergüenza la había engañado. Pero no, el chico que la dejó embarazada era otro crío de su misma edad y con los mismos anhelos. Nada.
Herminia la obligó a casarse, le dio trabajo en la tienda y al novio lo metieron en el hotel con Eusebio. El trabajo de casa se multiplicó y ahora Herminia no tenía tiempo para las artesanías, pero su devoción cristiana y los consejos del cura don Luis le invitaban a aceptar con resignación lo que llegara.
Y con Soraya, así se llamó la nieta, le llegó la emoción de ser abuela.
La vida de Soraya iba a ser algo distinta a la de Julita. Más disciplinada. Tendría que ayudar a su abuela en la tienda, cosería y pondría la mesa o lavaría los platos de la comida.
-Esta vez ni mimos en exceso ni tanta tolerancia –pensaba Herminia.
Mientras, Julita se divertía todo lo que podía, salía al baile con su marido y cuando él trabajaba, se iba con las amigas. La disciplina no iba con ella.
-Eso no son formas para una madre joven –se quejaba Herminia sin sospechar que lo peor estaba por llegar : una noche Julita no apareció por casa. La madre esperó dando vueltas por el pasillo arrancándose los pelos. A las cinco de la mañana se acercó a la habitación de Roque, el marido de Julita: el joven abrió un ojo, preguntó qué pasaba y se volvió a dormir. La suegra golpeó con los puños las puertas y las paredes, invocó las nombres de su marido y su yerno para que se hicieran cargo de lo que estaba pasando.
-Llama a la policía, llama a sus amigas, llama a alguien, pero llama. No es posible que tu mujer no haya llegado a casa y tú… Y tu, -Eusebio se sobresaltó – qué vas a hacer; es tu hija.
Llamaron a Charito, una de las amigas. Les dijo que la había dejado en la Sala Poster con Juancho.
-Pero eso fue a las once de la noche.
La policía rebuscó por todos los alrededores del pueblito, preguntaron a toda la gente, y nada. Ni Julita ni Juancho aparecían. Y casi a la veinticuatro horas llamó desde Las Palmas para decir que se había ido a vivir con Juancho, que iba a trabajar en un restaurante y que estaba muy enamorada.
-“¿Y Soraya, qué? “, - la madre lanzó la pregunta como un zapato a la cabeza.
-En cuanto tenga todo arreglado pasaré a cogerla.
-¿Y tu marido, y nosotros…? ,- Pero Julita ya había colgado.
El yerno tuvo que salir de la casa, y Herminia se quedó con la nieta como si fuera su hija.
La ropa de Juanita se la puso a Soraya, comulgó con el mismo vestido de organdí, la peinaba con las dos trenzas y el flequillo, le planchó las batas de percal con las que iba a la escuela y se hizo la ilusión de que volvía a tener la hija que se había escapado. Pero la realidad se llamaba Soraya, que además era igual de mala estudiante que su madre y que para colmo cuando alcanzó la edad de dieciséis años se quedó embarazada. Pero esta vez en cuanto dio a luz le dejó la hija a su abuela y se fue a vivir a Lanzarote como pareja de hecho.
Don Luis, el cura, le habló a Herminia de Job. Pero ella no comprendía como comulgando a diario Dios la emprendía con ella.
- Reza, hija, y un día volverán las dos como las ovejas de la parábola-.
El negocio marchaba solo, ahora los souvenires los hacían las presas de la cárcel de la Esperanza. Petra, la cubana, los traía a la tienda. Y pronto Herminia se dio cuenta de que esta mujer de culo ancho y pelo ensortijado podía ser su salvación.
-Petra, quédate conmigo y cuidarás de la cría. Yo ya no estoy para estos trotes; si sigo así duraré poco, y quiero ver a la niña crecida.
Tanto insistir, la cubana se quedó a trabajar en la casa. Se ocupó de la biznieta a la que bañaba, vestía y jugaba con ella. Cocinaba platos criollos, tortas de carne hilada, pasteles de alma y una vez a la semana limpiaba el suelo con zotal para ahuyentar las cucarachas.
En su habitación, que daba a un patio lleno de helechos y buganvillas, montó una especie de altar con figurillas de Yemaya, de Ochun, velas, flores de plástico, rosarios de semillas, fotos de su familia cubana, y una bandeja donde echaba los caracoles.
-Yo soy creyente de la religión afrocubana, señora, y si un día me deja le echaré los caracoles. Los caracoles hablan, adivinan el provenir y el pasado.
Herminia se olvidó del Dios de los cristianos y comenzó a interesarse por los yorubas. Y mientras Eusebio bajaba a vigilar la tienda, Herminia pasaba las tardes con Petra, charlando y recordando.
-Señora, ya se lo he dicho mil veintiuna veces, podemos pedir a Yemayá que nos traiga a las niñas. Usted no tiene que olvidar su fe, pero por mucha cosecha nunca es mal año.
Si los caracoles quedan boca arriba quiere decir que van a venir pronto.
Y un día todos los caracoles quedaron boca arriba en la parte superior de la bandeja. Petra dio un salto de alegría y se abrazaron.
-Ya está, señora, ya está. Pronto tendrá a las niñas alrededor, ya usted verá.
A los pocos días llegaron la hija y la nieta; una por la mañana y otra por la tarde. Ellas decían que no se habían puesto de acuerdo, pero Petra y Herminia supieron que habían sido los caracoles.
Yemayá trajo el perdón y durante una semana lloraron todas juntas, mientras Eusebio cuidaba la tienda y hacía caja por las noches.
Herminia dudaba de tanta felicidad, pues la idea de que cuando cumpliera dieciséis años la biznieta se que podía quedar embarazada y dejarles plantadas con su tataranieta, la desesperaba.
Tenía casi cien años cuando una corriente de aire la puso al filo de la muerte. Llamó a Petra.
–Mira, a ver qué dicen tus caracoles, porque creo que me voy a morir. Llama al médico y a don Pablo, el notario, porque quiero ordenar las cosas antes de irme.
Antes que el doctor llegó el notario y haciéndole un gesto para que se acercara a la cabecera de la cama le susurró al oído:
-Quiero que Petra herede en usufructo todos mis bienes. Ella es más buena que nadie.
-¿Y cuando ella falte? –preguntó don Pablo.
- Qué haga lo que digan los caracoles.

11 de abril de 2010

UN CUENTO


Ya soy grande

Olgui me dijo que sería una buena peluquera, que tengo mano, y la verdad, yo creo que sería una buena peluquera porque me gusta mucho. Cuando estábamos con mi tía, antes de lo de mi primo, peinaba muchos días a mi madre y a mi tía y a ellas les encantaba. Mi madre tiene un pelo precioso, negro, con unos rizos que da gloria. Mi tía ,como es más vieja, lo tiene más ajado y con menos brillo. Mi madre dice que es de tanto teñirse, que de joven lo tenía como ella. A mí también me gusta cuando se tiñen. Pero ahora como estoy con mi abuela...
Mi padre se marchó con otra; no la conozco y mi madre nunca quiere hablar de eso. Que ni mentarlo, dice. Por eso fuimos a vivir con tía Aureli, cerca del Puerto. Mi tía trabaja de encargada en un bar de lujo. Siempre lo dice, que los clientes de su bar son de mucho lujo y por eso tiene que ir siempre muy bien arreglada. Eso le fue muy bien a mi madre, porque en cuanto llegamos a su casa mi madre se puso a trabajar con ella. Y se tuvo que comprar vestido nuevo y zapatos. Mi tía le presta mucha ropa; como tienen la misma talla. Cuando le pregunto a mi madre si de mayor podré trabajar con ellas se echan a reír a carcajadas. Mi madre me abraza y dice que yo seré peluquera.
Un día mi primo Andrés, que estaba en la península de soldado profesional, vino de permiso. Es guapísimo y se parece a Alejandro Sanz. Al principio cuando llegó no me hacía caso y le decía a mi madre que mi hermana y yo éramos unas crías. Pero yo ya no soy tan cría. Mi hermana, sí, porque sólo tiene seis años, pero yo ya soy grande. Por las noches cuando terminamos de cenar él lleva a las dos a trabajar al Puerto en su coche, y mi hermana y yo nos quedamos solas. Una noche, mi primo volvió tarde a casa y ni mi madre ni mi tía habían vuelto. Se sentó en el sofá y me dijo que no quería cenar. Se desabrochó la camisa y se descalzó. La peli de la tele era de cuadrillas y de novios. Mi primo cada vez que se besaban silbaba y a mi me hacía gracia y nos reíamos. En estas se acercó y me dio un beso. Mi hermana casi se dio cuenta, por eso yo no dije nada; pero tendría que haberle dado una torta, porque mi madre siempre dice que con los hombres hay que darse a valer. Y qué se pensaba. Le miré enfadada y él se reía y me guiñaba un ojo. Otro día también llegó tarde y en cuanto se sentó me dijo que le sirviera un whisky. Le puse uno porque yo siempre les pongo la bebida a mi madre y a mi tía y ellas me dejan para que aprenda. Luego me pasó el cigarrillo, y que fumara. Pero yo no quería. Hasta que después de tanto decirlo le di una calada. Entre el poco whisky que bebí y la calada me fui a la cama mareada y casi no me dormía. Por eso cuando al cabo del rato me primo entro despacio en la habitación y se tumbó junto a mi yo grité. Y mi hermana que debía estar muy dormida saltó de la cama y se fue directa a la puerta de la casa, que como es terrera en cuanto abrió salió a la calle y yo, en camisón detrás de ella. Y aunque él me puso la mano en la boca para que no gritara yo me zafé y salí corriendo. Don Armando, el vecino de mi abuela, nos vio y nos llevó a casa de abuela y cuando le conté lo que había pasado decía que Andrés era un hijo de puta.
Mi abuela dijo que mi madre no tenía fundamente de dejarnos en casa con un hombre. Que no nos iba a dejar más estar en esa casa, que no tenía fundamento.
Mi madre dice que mi abuela está así por lo de mi padre. “Claro, como es su hijo”, dice. El caso que ahora estamos con mi abuela y tenemos que ir al colegio. Mi hermana , sí, que vaya, pero yo quiero ser peluquera. Además mi primo estaba de broma, seguro que fue una broma. Pero mi abuela dice que los soldados son todos muy mujeriegos.
El otro día me dijo, hala, ya que quieres ser peluquera, péiname, Pero no te hagas ilusiones que a ti de la escuela no te libra nadie. Lo primero es lo primero. La vieja sabe perfectamente como ponerme de los nervios. Le solté el moño. La verdad que para lo vieja que es tiene un pelo liso precioso. Estuve un rato dándole masaje en la cabeza, como dice Olgui, la peluquera, que hay que hacer con las clientas. Y mi abuela dijo: Ay, mi niña, qué manos tienes.
Seguí, le pasé un peine ancho para desenredarle. En la tele Juan Manuel Serrat decía que él siempre había sido un rebelde. Mi abuela se quedó dormida y roncaba, daba ronquiddos de bruja, con su bocaza abierta. Me daba una rabia; no me pude aguantar: cogí las tijeras y le corté el moño. Luego poco a poco la dejé toda pelada. Cuando acabé barrí los pelos y los tiré a la basura. Me senté en el sofá y casi me duermo. Mi hermana llegó de la calle y empezó a gritar: abuela está pelada, abuela está pelada. Se despertó, se pasó la mano por la cabeza y cuando notó que no tenía pelo, cogió el recogedor y casi me mata. Le dije que yo me iba con mi madre. Cogió a mi hermana y estrujándola contra su pecho, las dos lloraban. Abrió la puerta y me dijo:”Vete con tu madre, puta. Vete a trabajar en el bar con ella. Que sólo valéis para eso". Al salir, me me dio un guantazo y me haló por los pelos., y de un tijeretazo me cortó media melena.
El otro día, mi primo me escribió desde la península y me dijo que se acuerda de mi. Y que como ya estoy otra vez con mi madre cuando vuelva nos hacemos novios. Es que mi abuela es una sargenta.

29 de marzo de 2010

ANTÓNIMO

A pesar de los riesgos que conlleva un parto monocigótico ,Lorena decidió alumbrar en la vivienda familiar. Ordenó que le atendiera Rosa, la partera del Faro,
y desoyó los consejos del doctor Adan Nada, quien auguraba un parto de gemelos pegados. El día veinticinco de diciembre, Navidad, llegaron al mundo dos niños, que se llamarían Antoni y Blanco. Gemelos, estarían para siempre unidos por lazos invisibles que les hacían actuar como una sola persona. Mirándose mutuamente a los ojos leían sus pensamientos y adivinaban sus deseos.
Vivían confortablemente en la casa familiar; su padre, negociante de éxito, hizo construir una mansión amplia, con jardines y un bosquecillo de cedros y moreras. La casa se fue decorando sola, como por accidente, pues la madre se desentendía de este quehacer. Verdad es que había pocos muebles , pero de sólidas maderas oscuras: grandes mesas de roble, sillones coloniales y refrescantes celosías. Los muros, blancos y desnudos, se abrían con grandes ventanas por donde respiraba la mansión , llenándose de la luz del puerto. La única tarea que llamaba la atención de la madre de Antonio y Blanco era adornar la casa con las flores. Los viernes salía al mercado y volvía cargada de varas de gladiolo, de hortensias azuladas, de violetas africanas, de grandes rosas amarillas con las que llenaba el patio junto a los helechos y las clavelinas colgadas de macetas. Allí pasaban las horas en silencio Antonio y Blanco, horas largas de estudio y lectura concentrada y serena. Devoraban libros, y al terminar su lectura se miraban y sabían que los dos habían respirado en las mismas comas, sufrido con los mismos acontecimientos, reído juntos y encontrado los mismos problemas de entendimiento. No necesitaban palabras, se miraban y sus pensamientos fluían como la sangre por circuitos compartidos, rutas de doble dirección entre los dos cerebros .Si se fatigaban, se recostaban contra sus propias espaldas y dormían. Su madre les miraba las pestañas agitadas por movimientos convulsos como las alas de mariposa, y sabía que soñaban un mismo sueño.
Vivían en la casa familiar y desde la terraza veían el puerto, la grandes cuchillas de lona cortando el agua y el viento; oían el aullido de la brisa; olían el salitre de la espuma que salpicaba las rocas; todo, porque todo era mar y puerto desde la terraza de Antoni y Blanco.
No veían mucho a su padre, siempre ausente en interminables viajes de negocios.
En el colegio los gemelos seguían siendo como una misma persona. El maestro luchaba por separarlos, pero al final de la jornada Antoni y Blanco siempre aparecían en un extremo del primer banco, ocupando los mejores puestos. En el recreo, la clase jugaba al escondite y se organizaba en dos grupos; uno con la mitad de los alumnos y un gemelo se escondía, y el otro grupo con otro gemelo tenía que salir al encuentro .El gemelo buscador cerraba los ojos y en el acto sabía donde estaba el grupo escondido. Esta experiencia se repetía casi todos los días, pues los compañeros, incrédulos, no lograban satisfacer su asombro.
Antoni y Blanco se apellidaban Morales, por eso, un día un gracioso de la clase le llamó a Antoni, Antoni-Mo. Desde aquel día le llamaron todos Antónimo, hasta sus padres, y sus otros hermanos y su abuelo y los guardias del colegio.
Fue don Alberto el profesor de francés en los últimos cursos del colegio, el que consiguió separar sus individualidades. Lo consiguió a base de un damero maldito, un salto de caballo, un test sin pistas, un laberinto silábico y un pentagrama. Todos celebraron el éxito de don Alberto y los más contentos era ellos mismos , pues ahora ya podían jugar al escondite como los demás chavales, sin saber donde encontrase.
Aislado en su soledad recién estrenada, Blanco se encerró y Antónimo se largó de casa a un laberinto del parque de atracciones y ya nunca supo nadie qué fue de aquel muchacho. Blanco decidió no salir de casa. Se enclaustró. Vagó entre las sillas y las mecedoras de cerezo. Se encerró en la oscuridad del armario de tres cuerpos hasta que encontró una rendija que daba a la habitación de sus padres. Blanco se acurrucaba hasta que sus padres encendían la lámpara del cuarto y los espiaba. Un día, recostado sobre las toallas recién planchadas observó en la luna del mismo armario que su hermano saltaba de la terraza a los huertos, trepaba tapias, corría por la calle húmeda y adoquinada hasta la plaza donde turistas y pescadores bebían cerveza fría en veladores de granito. Deseó con los ojos cerrados que Antónimo volviera. Pero no era posible porque estaba en el laberinto del parque.
Pero la madre encontró a Blanco debajo de una toalla del armario y le convenció para que saliera. Blanco la siguió. Le gustaba el aroma de perfume “Tres primaveras” que siempre usaba. Ella le llevó a un velador del puerto donde podían hacer solitarios y tomar café caliente. Si el sol les daba en la cara resplandecían, pero ni la madre ni el hijo se daban cuenta de ello. Se miraban pero sólo se veían por dentro.
-¡Ya está, ya lo tengo!- exclamaba la madre cuando terminaba un solitario.
Blanco, sonriente, se acercaba a su cutis mórbido y le regalaba un beso. Pedían otro café y esperaban a la gitana del puerto para que les leyera las rayas de la mano.
-¿Qué ves, Chavela?- la madre de Blanco era nerviosa.
- Veo un amor mu grande, envuelto en telarañas.
-Mamá, no creo nada de lo que ha dicho la gitana - decía Blanco.
-Tendrías que ir a buscar a tu hermano-le replicó la madre.
Blanco no respondió. Y la madre al verle tan cerrado en sí mismo, pensó que lo mejor es que aprendiera a leer el futuro. Le habló de las echadoras judías, leedoras de un Tarot impecable. Le habló de las rezadoras de La Habana Vieja y de las mismas gitanas.
-A mi me gustaría iniciarme en la masonería-dijo Blanco.
- Pero si no sabes ni lo que es eso. Dime, a ver, ¿qué es la masonería?
Blanco la miró perplejo.
Su madre se sacó un compás de acero y un cartabón de madera del bolso y dijo:
-Toma, yo tengo cuanto tú necesitas.
Las nubes se deshacían como tules viejos ,y el chico volvió a casa para meterse dentro del armario, recostado sobre ropa blanca y las bufandas de invierno.
La madre sacó un baraja Fournier, pidió otro café y comenzó un solitario. El humo de su propio cigarro se enroscaba entre su pelo como un turbante de adivinadora.
- ¿Qué te juegas a que este solitario me sale a la primera?- dijo entre dientes.
Blanco se sentó sobre una manta escocesa y pensó en Antónimo y el laberinto.

16 de marzo de 2010

REFLEXIONES


Antes de emprender viaje a Irlanda, donde estuvimos varias semanas, pasamos por Santa Cruz para hacer los preparativos. Nos extrañó ver tantos carteles anunciando que los negocios se traspasaban o se alquilaban. Aunque sabíamos que desde el año anterior la llamada crisis financiera había provocado una ingente cantidad de cierres de empresas, no nos habíamos dado cuenta de lo mucho que esto podía haber afectado al pequeño comercio.
En la calle de San Ambrosio, donde había una tienda de carabinas y varias mueblerías, los tres negocios habían desaparecido.
En la prensa local un columnista que firma con el seudónimo de “El paseante sagaz”, decía que había que empezar a inventar nuevos negocios porque la gente estaba harta de tanta boutique de moda.
Lola me dijo que no era fácil inventar nuevos negocios.
A pesar de la crisis, salimos de viaje aquel sábado.
Fue al volver cuando la sorpresa se transformó en perplejidad: en Santa Cruz no había tiendas. Y como los negocios son como el corazón de la ciudad, se notaba que una vez que las oficinas de la administración pública cerraban, las plazas, calles y avenidas se hundían en un silencio de desagüe.
Alguien dijo que la cosa no era tan mala, que lo único que estaba ocurriendo es que los negocios se estaban trasladando a las afueras de la ciudad, donde habían surgido, grandes setas de cristal y aluminio, centros comerciales añadidos a los centros comerciales que desde los años ochenta poblaban los extrarradios.
El alcalde conectó la plaza de España con lo que llamó la “Ciudad de las compras” mediante una carretera de cuatro carriles.”Es conveniente que los coches tengan su espacio”, comentó el alcalde. Y con su sonrisa creativa repetía hasta la saciedad que la instalación de estos grandes centros en la isla crearía numerosos puestos de trabajo, riqueza y competencia: la competitividad era un elemento que surgía en la sociedad cuando las fichas se colocaban sobre el tablero de forma estratégica. La competencia era la dinamo de la economía. Con ella llegaba la variedad de la oferta y el abaratamiento de los productos. El alcalde era como el flautista de Hamelín y todo el mundo lo seguía.
Nadie quería que Santa Cruz se quedase vacía de tiendas. Pues una ciudad sin tiendas es como una escuela sin niños, como un armario sin camisas, como una boca sin besos. Pero, igual que las hojas de los árboles se precipitan en pocos días cuando llega el otoño, así las tiendas desaparecieron.
La clientela, ahora consumidores, se acostumbró a salir de la ciudad para comprar.
Y a partir de entonces no sólo se pusieron carteles de se vende, se alquila o se traspasa. No sólo, carteles de liquidación por cierre o derribo, sino que muchos escaparates se forraban con cortinas moradas y un cuadro de la Pasión o un Vía Crucis.
Un grupo de abuelas salían a la plaza de España todos los jueves con el carrito de la compra para reclamar tiendas en la ciudad.
Los chinos, que están al quite de cualquier novedad, abrieron tiendas de todo a cincuenta céntimos, donde se podían comprar cigarrillos y condones de todos los sabores. Eran como tiendas de primeros auxilios. Los kioscos de prensa fueron sustituidos por máquinas expendedoras.
¡Ay Santa Cruz, bella ciudad tinerfeña! Exclamaban los jubilados.
Los dueños de las tiendas que hasta hacía poco se consideraban emprendedores, dueños de empresas, creadores de puestos de trabajo, siguiendo el ejemplo del patrón de patrones, fueron en comitiva al ayuntamiento a instar al alcalde para que arreglara la situación.
El alcalde les dijo que para poder encauzar las reclamaciones tendrían que constituirse en sindicato, lo cual ellos rechazaron por no tener sentido de clase: no eran obreros, sino patronos, los pilares del sistema.
Pero el alcalde, hombre de una lógica implacable, les dijo que lo sentía pero que ya no eran nada. Jesús dijo:” por sus hechos los conoceréis”. Si ahora eran incapaces de crear riqueza no podían considerarse emprendedores.
-Hombre –exclamó el portavoz de los ex empresarios –para que funcione la economía necesitamos que se active el crédito.
Pero el alcalde, siguiendo con su lógica implacable, replicó que crear es hacer surgir algo de la nada. Y la nada nada es.
El portavoz decidió que a la nueva organización de ex empresarios, hasta que se supiera cual iba a ser su nuevo estatus jurídico, la llamarían “Sálvese quien pueda”.
Lola y yo buscamos una explicación sensata a la situación porque nos parecía increíble que por una vez los empresarios salieran perdiendo.

8 de febrero de 2010

NIEBLA


Unos días antes de Christmass e incluso antes del fin de año, los edimburgueses, como todos los consumidores del primer mundo, se sumergen en las tiendas y grandes almacenes en busca de regalos, primero, y de rebajas, más tarde. El “compro luego soy” tiene su justificación en esta maravillosa ciudad escocesa.
En los jardines de Princess Street colocan la feria alemana todos los años. Allí aromas a chocolate, mazapán, mantequillas, salchichas, patatas asadas, pankakes, almendras garrapiñadas y abundante cerveza lo llenan todo. Y junto a estas casetas: tiovivos, norias, trenes y trineos.
Lola se acordó de que en Monssoon, una tienda de ropa y de accesorios, tenía que comprar los últimos regalos.
A mí no me gusta nada ir de compras, por lo que tenemos una especie de contrato tácito por el cual mientras ella compra yo la espero en algún café, museo o librería. Me quedé, de momento, dando una vuelta por cerca del monumento a Walter Scott.
Había oscurecido, pues la noche llega alrededor de las dos y media, y debían de ser las tres y pico cuando nos separamos: ella a Monssoon y yo a dar un paseo.
Como si las nubes estuvieran esperando nuestra separación, apenas ella cruzó los dos carriles de Princess Street, comenzó a nevar. Según dicen mis amigos escoceses, nunca cuando nieva hay niebla. Yo no tengo ni idea si esto es verdad, pero les creo, Nevaban unos copos como mantillas de tul. Chocaban sobre nosotros, y quedaban desparramados por hombros y cabezas. Con mi gorra de lana metida hasta las orejas sentía la humedad helada sobre la piel. Distraído, pues no pensaba en otra cosa que no fuera la nieve, convencido de que Ítaca era el camino, me perdí entre los árboles de Princess Gardens. Digo me perdí, porque la niebla se iba haciendo cada vez más espesa y de repente tuve que salir de mí y correr a la tienda donde Lola estaba comprando. La visibilidad era muy escasa, y sólo, gracias a los letreros luminosos de las tiendas y a los escaparates, podía uno guiarse.
La gente se sorprendía al salir de los comercios: ¡Oh my Good!” Afortunadamente cuando me acerqué a la puerta de Monssoon, Lola ya estaba allí, y le hice un gesto para que saliera. Ella no dijo my god, sino, coño. Le di la mano y enfilamos a Hanover Street. Cuando alcanzamos la esquina, los copos eran del tamaño de sombrillas chinas, y la niebla nos cegaba: no nos veíamos, lo digo literalmente. Yo no veía la cara de Lola y ella no me veía. Pero notábamos nuestras manos agarradas. Parecía que en vez de cruzar niebla vagáramos por un mundo de arena. Nos apretamos para no perdernos. Debíamos estar por la esquina de Rose Street, cuando Lola se soltó un momento: “suéltame, que me haces daños”, exclamó. Pero yo, temeroso del peligro de perdernos le dije que no se soltara; la cogí de nuevo y continuamos caminando en silencio.
Con gran cautela atravesamos las planchas de hielo y nieve de la calzada sin resbalarnos. Ya no circulaban los coches, porque según me enteré al día siguiente se recomendó que nadie condujera por el riesgo de cometer atropellos involuntarios. Cogí a mi mujer por la cintura y ella se colgó de mi brazo. “Estoy helada”, musitó. Aunque no era el momento de hacer carantoñas ni de darnos besitos, le cogí la cara y la besé. Tenía los carrillos congelados y agradeció el ardor de mis labios. Sin embargo noté que Lola había adelgazado. Había encogido como algunas prendas de vestir cuando las lavas. Se lo fui a decir, pero ella selló mis labios con otro beso.
No puedo describir el ambiente de la calle ni los jardines de Queens porque todo era una masa de manteca blanca que podíamos atravesar sin ver otra cosa que blancura.
Desorientado caminé de frente hacia la pared de un edificio y me choque con una puerta. Empujé y sin más se abrió. Tiré de la mano de Lola y entramos. Ya no había niebla, pero la oscuridad era completa y tampoco allí nos veíamos. Presentí que Lola se había transformado en alguien diferente, pero no quería hacer indagaciones, seguí adelante con mis incursiones. Le rasgué el “velcrod” y le metí la manos por debajo de un jersey de cachemir y una blusa de seda salvaje. También ella me desabotonó el abrigo, y me quitó hasta la camiseta térmica. Nos cubrimos con los abrigos como si fueran mantas. Sólo la oscuridad fue cómplice de cuanto hicimos.
A la mañana siguiente. cuando me desperté me encontré medio desnudo, debajo de una escalera de madera, tapado con mi abrigo. Me vestí, asomé la cabeza y vi la calle cubierta de placas de hielo. Me costó media hora llegar a casa. Lola ya estaba allí, le pregunté que donde había pasado la noche.
-Ni lo sé, alguien me metió en un portal y hasta que me desperté por la mañana no me di cuenta de que no eras tú. Así que me deshice de él y me largué.
Nos dimos una ducha muy caliente, tomamos un té y nos acostamos sin entrar en detalles.

29 de enero de 2010

PASO DE CEBRA


Manolo es un vecino de nuestro pueblo. Manolo está recién jubilado, y, a falta de otras aficiones, baja todos los días a la plaza a tomar unos vinos a mediodía, y por la tarde, hacia las seis o las siete, baja otra vez y se toma un par de whiskis. Cuando llega a casa, más o menos colocado, si está Petra, le ayuda a poner la mesa: desparrama los cubiertos, saca dos vasos, la botella de vino y, a comer.
A Petra verlo asi le trae al fresco. Le pregunta qué tal por la plaza y con quién ha estado. Y a su vez, ella le cuenta lo que ha hecho: peluquería, piscina o playa, reunión con la dietista de Naturhouse...
Si hay partido, se sientan los dos a ver el partido. Si no, ella elige el canal y la serie. Ninguno de los dos es muy exigente: la verdad es que nunca se han metido en problemas. Primero, porque viven en un pueblo pequeño y “si te metes en política puedes alcanzar”. Así que cuando ocurrió lo del desprendimiento de la playa y murieron dos bañistas, ellos dijeron que les daba muchísima pena, pero no se atrevieron a opinar quien era el responsable. Tampoco se quejaron de la subida de las tasas de basura porque el alcalde les prometió que les arreglaría la acera de su calle antes de acabar la legislatura. Con la política nacional opinan como Pizarro, que el mejor sitio donde puede estar el dinero es en el bolsillo de los contribuyentes, que hay que bajar los impuestos y promover la política del esfuerzo: papá estado no puede ocuparse de todo.


El otro día, después de que acabara el partido del Real Madrid con el Alcorcón, salió del bar y se fue a casa dando tumbos. Tenía tal desazón que no paraba de decir palabrotas y de escupir, como si con los gargajos se le escapara la mala leche. Al cruzar un paso de cebra le entraron ganas de mear, se la sacó y regó las rayas blancas, pero un coche cruzó sin parar y casi le atropella. Manolo, cabreado, le dio un golpe al capó y le llamó hijo de puta al conductor.
El coche paró ipsofacto, y del interior bajo un tío de ojos negros y profundos, nariz recta y carnosa, hombros anchos y una barriga que reventaba los botones de la camisa. Se enfrentó a Manolo, lo agarró, lo levantó en el aire y lo tiró al suelo. Manolo, aunque no controlaba el equilibrio, se levantó, se abalanzó sobre el conductor, le cogió de la nariz y se la retorció como si fuera el botón de un termostato.

Nadie puede imaginar la humillación que sintió el conductor del coche. Sólo el autor de este relato lo puede saber, porque es lo que se llama narrador omnisciente. Y la verdad, os puedo asegurar que el hombrazo se sintió tan ridículo, que no se le ocurrió otra cosa que sacar una navaja que llevaba en el bolsillo del pantalón. Al verla, Manolo se acobardó, pero como no estaba en condiciones de pensar relajadamente, se le ocurrió abrirse la camisa y decirle al tío que no tenía cojones. El conductor le hundió la navaja en el estómago, la sacó y la volvió a hundir en un lugar cercano a la esquina de la muerte. A continuación, o mejor, casi al mismo tiempo, se metió en el coche y se largó derrapando por la arenilla del margen de la carretera.
Manolo, a pesar de la borrachera y de los golpes recibidos aun tuvo capacidad de darse cuenta que se le iba la vida, sacó el móvil y llamó a la policía local. Cuando llegó el agente, Manolo le alargó la mano y le dio un trozo de papel con el número de matricula del coche y el teléfono de su mujer.

El policía hizo tres llamadas: una a la central de ambulancias, otra a la comisaría para darles el número de matricula y otra a la mujer, que no estaba en casa. Y con un dedo intentaba evitar que la sangre de Manolo se escapara antes de que llegara la ambulancia. Pero no lo consiguió, porque ni él ni Manolo sabían lo que el autor omnisciente sabe: el ayuntamiento para rebajar la partida de gastos del presupuesto municipal, había acordado con los pueblos de alrededor que en vez de tener una ambulancia en cada pueblo, tendrían una central de ambulancias en uno de los pueblos de la comarca. El día que jugó el Real Madrid contra el Alcorcón, la ambulancia estaba a treinta kilómetros, en Adeje, a media hora del paso de cebra donde Manolo con el pantalón empapado de sangre estaba, como quien dice, cantando el adiós a la vida.

6 de diciembre de 2009

VESTIR AL DESNUDO


Estábamos a punto de levantarnos y salir del restaurante, cuando Ester, la dueña, nos invitó a tomar una copa de despedida. Lola pidió un chupito sin alcohol y yo un calvados. Lo bebí a pequeños sorbos, saboreándolo a la vez que aspiraba el humo del Davidoff corto: una delicia. Pero Lola se impacientó y me metió prisas para que me acabara la copa y nos fuéramos a casa, que ella ya estaba cansada de verme fumar, beber y de oír mis gansadas. Yo no me dejé impresionar por sus palabras, entre otras razones porque ya llevamos treinta y tantos años juntos.
Cuando salimos a la calle, no hacía frío, y fue ella la que me pidió dar una vuelta antes de ir a casa.
A la puerta del restaurante, en el suelo, había un jersey de color azul. Lola, sin encomendarse a dios ni al diablo, lo cogió y entró en el restaurante. “Eso es que se le ha caído a alguien. Algún cliente será”, dijo al salir. Y comenzamos a caminar hacia la Plaza del Príncipe. Aunque parezca mentira al llegar a la esquina de San Clemente vimos en el suelo, en el rincón de un portal un pantalón. En la esquina de la óptica. Nos sonreímos, como si quisiéramos decir: ¡qué casualidad! Y mi señora, se agarró fuertemente de mi brazo. Ese gesto me resultó reconfortable. Y como yo estaba un poco cargadillo de tanto Muga y de la copa de calvados, me dio un ataque de ternura y le di un beso. Seguramente había muchas más estrellas que de costumbre y la luna parecía una perra en celo, cuando en el borde la acera vimos un calcetín de algodón y apenas un metro más allá un calzoncillo. Por supuesto que comenzamos a elucubrar sobre los hallazgos, pero nada de cuanto se nos ocurrió tiene el menor interés para este relato. A mi, que tengo una mente calenturienta, se me ocurrió pensar que al dar la vuelta a la manzana íbamos a encontrar a un pareja dándose un revolcón. Al fin y al cabo la luna estaba en su esplendor y dicen que los lunáticos y los licántropos salen en noches como esta. Mi querida, que seguía siendo mi mujer de siempre, me dijo que no pensara en cosas raras y que seguramente la ropa la habría soltado y arrastrado el viento desde cualquier azotea. “Espera que aparezcan unas bragas y entonces me lo explicas”, respondí.
Ya habíamos subido toda la calle Santa Rosalía cuando de detrás de un contenedor de basura apareció un tío pidiendo limosna. Tenía unas ojeras que parecía dos carboneras. El pelo, largo, lacio y mugriento. La camisa, sin botones, atada con un nudo a la cintura, dejaba entrever un costillar blanco de perro galgo. Iba descalzo. Movía la mano y aunque no entendíamos el gesto ni lo que decía , Lola me dijo que le diese una propina. “Querrás decir una limosna”, y añadí: “Vestir al desnudo”.
Viendo a este esqueleto delante de mí no podía dejar de recordar los boletus edulis, el foi y el chuletón de buey. Y para más inri, la ropa desperdigada por la ciudad.
Para mi que aquel pobre era un inmigrante rumano, o vaya usted a saber de donde, porque aunque intentaba hablar español ni Lola ni yo le entendíamos lo que decía.
Me daban ganas de darme la vuelta y traerle toda la ropa que habíamos encontrado por el camino, pero Lola estaba ya cansada de caminar con tacones que no era cuestión de dejarla con el rumano mientras yo iba a por la ropa. Por otro lado, como no hablaba bien español, tampoco podía decirle que la ciudad estaba llena de prendas de vestir abandonadas. Así que saqué un euro y se lo di. Mi mujer me calificó de tacaño, pero yo le dije por lo bajines que no tenía más suelto, que todo lo que tenía era un billete de doscientos. Pero el pobre que hasta aquel momento no hablaba nada en español, sacó una navaja de la manga y me obligó a que le diera los doscientos. Luego me obligó a que me quitara la camisa, el pantalón y el calzoncillo. Con mi mujer fue mucho más amable, pues se conformó con que se quitara las bragas.
Afortunadamente Lola llevaba un fular en el bolso, me lo até a la cintura y pude llegar a casa sin que me viera nadie.

2 de diciembre de 2009

El Joako que firma no soy yo. Pero estoy de acuerdo con él

miércoles 2 de diciembre de 2009

Manifiesto: En defensa de los derechos fundamentales en Internet
Ante la inclusión en el Anteproyecto de Ley de Economía sostenible de modificaciones legislativas que afectan al libre ejercicio de las libertades de expresión, información y el derecho de acceso a la cultura a través de Internet, los periodistas, bloggers, usuarios, profesionales y creadores de internet manifestamos nuestra firme oposición al proyecto, y declaramos que… 1.- Los derechos de autor no pueden situarse por encima de los derechos fundamentales de los ciudadanos, como el derecho a la privacidad, a la seguridad, a la presunción de inocencia, a la tutela judicial efectiva y a la libertad de expresión. 2.- La suspensión de derechos fundamentales es y debe seguir siendo competencia exclusiva del poder judicial. Ni un cierre sin sentencia. Este anteproyecto, en contra de lo establecido en el artículo 20.5 de la Constitución, pone en manos de un órgano no judicial -un organismo dependiente del ministerio de Cultura-, la potestad de impedir a los ciudadanos españoles el acceso a cualquier página web. 3.- La nueva legislación creará inseguridad jurídica en todo el sector tecnológico español, perjudicando uno de los pocos campos de desarrollo y futuro de nuestra economía, entorpeciendo la creación de empresas, introduciendo trabas a la libre competencia y ralentizando su proyección internacional. 4.- La nueva legislación propuesta amenaza a los nuevos creadores y entorpece la creación cultural. Con Internet y los sucesivos avances tecnológicos se ha democratizado extraordinariamente la creación y emisión de contenidos de todo tipo, que ya no provienen prevalentemente de las industrias culturales tradicionales, sino de multitud de fuentes diferentes. 5.- Los autores, como todos los trabajadores, tienen derecho a vivir de su trabajo con nuevas ideas creativas, modelos de negocio y actividades asociadas a sus creaciones. Intentar sostener con cambios legislativos a una industria obsoleta que no sabe adaptarse a este nuevo entorno no es ni justo ni realista. Si su modelo de negocio se basaba en el control de las copias de las obras y en Internet no es posible sin vulnerar derechos fundamentales, deberían buscar otro modelo. 6.- Consideramos que las industrias culturales necesitan para sobrevivir alternativas modernas, eficaces, creíbles y asequibles y que se adecuen a los nuevos usos sociales, en lugar de limitaciones tan desproporcionadas como ineficaces para el fin que dicen perseguir. 7.- Internet debe funcionar de forma libre y sin interferencias políticas auspiciadas por sectores que pretenden perpetuar obsoletos modelos de negocio e imposibilitar que el saber humano siga siendo libre. 8.- Exigimos que el Gobierno garantice por ley la neutralidad de la Red en España, ante cualquier presión que pueda producirse, como marco para el desarrollo de una economía sostenible y realista de cara al futuro. 9.- Proponemos una verdadera reforma del derecho de propiedad intelectual orientada a su fin: devolver a la sociedad el conocimiento, promover el dominio público y limitar los abusos de las entidades gestoras. 10.- En democracia las leyes y sus modificaciones deben aprobarse tras el oportuno debate público y habiendo consultado previamente a todas las partes implicadas. No es de recibo que se realicen cambios legislativos que afectan a derechos fundamentales en una ley no orgánica y que versa sobre otra materia. Este manifiesto, elaborado de forma conjunta por varios autores, es de todos y de ninguno. Si quieres sumarte a él, difúndelo por Internet
Pensado, escrito y/o publicado por JOAKO A 12/02/2009 06:47:00 PM 0 Opiniones Enlaces a esta entrada

17 de noviembre de 2009

REFLEXIONES


Como muchos otros fines de semana, el día de Todos los Santos vinimos a Santa Cruz . Dejamos el coche en el garaje y subimos al piso. Un piso situado en el centro de la ciudad, pero muy tranquilo. Lola abrió la llave de paso del agua mientras yo subí los interruptores de la luz. Luego pasamos al salón , alzamos las cortinas del ventanal que da a la plaza y yo abrí la puerta del dormitorio para dejar allí la maleta.
Me quedé estupefacto: las paredes del dormitorio estaban inclinadas hacia la izquierda, y lo que antes eran ángulos rectos, se habían convertido en ángulos obtusos y agudos que daban al cuarto un aspecto romboidal. Los muebles y las alfombras no se habían acoplado a la desviación sufrida, de tal forma que la habitación era una pesadilla.
Llamé a mi mujer quien, presa de la más extraordinaria perplejidad, se cayó sentada en el sillón de su lado de la cama. Dudas sin sentido recorrieron nuestro cerebro y mirándonos frente a frente comenzamos a desentrañar el misterio: lo primero que hicimos fue subir al piso de la vecina de arriba y bajar al piso de la vecina de abajo; pero en ninguno de los pisos nos contestaron al timbre. Luego el portero nos dijo que las dos familias se habían ido a la basílica de Candelaria. ¿De romería?, pregunté. No sé, respondió el cancerbero.
Salimos a la calle y miramos a la fachada de la casa, pues si la habitación estaba inclinada hacia la derecha, también la fachada debería estar inclinada hacia el mismo lado, y no sólo la nuestra, sino la de los vecinos de arriba y abajo respectivamente. Pero la fachada del edificio no mostraba variación alguna; todo estaba perfectamente alineado con la acera y nada dejaba traslucir el desorden interior. Esta disociación entre el exterior y el interior me hizo pensar en el ser humano.
Pero mi mujer, sensata donde las haya, me sugirió que fuéramos al COAC, colegio de arquitectos de Canarias, y explicáramos el problema.
Nuestra perplejidad aumentó cuando el secretario del colegio nos dijo que éramos el décimo caso similar en la capital. “¿Similar?”, exclamé. “Bueno, similar, por no decir igual, pues en unos casos la inclinación es hacia la izquierda, y en otros la inclinación va para la derecha”. Y siguió diciendo que lo que estaba ocurriendo no tenía explicación lógica.
Llegamos a casa hechos polvo; nos sentamos en el sofá del salón y miramos hacia el techo esperando oír los pasos de los vecinos para intercambiar puntos de vista. Y cuando llegaron, doña Claudita, la vecina de arriba, dijo que había que ir a visitar al padre Antonio, párroco de San Francisco, con quien ella ya había hablado. La idea, a mi, me pareció disparatada, pues cada vez que se piden explicaciones a la virgen, ella evita comprometerse y la respuesta es el silencio.Pero doña Claudita nos dijo que el cura les había dicho que se trataba de un milagro. ¿De un milagro o de un misterio?, exclamé. Y mi mujer dijo que milagro o misterio para el caso era igual. Pero yo como soy hombre de palabra, me dirigí al R.A.E. para asegurarme de la diferencia, pues siempre entendí que los milagros eran hechos realizados con ayuda de la divinidad para solucionar algo. Y todos los milagros eran un misterio.
-¿Y quien le dice a usted que con estas inclinaciones, la divinidad no está tratando de ayudarnos? - Se revolvió doña Claudita.
Yo recordé un ensayo de Ortega y Gasset en que hablaba de la diferencia entre ideas y creencias, decía que si un día vamos a salir a la calle y nos encontramos que no hay calle, sería que han fallado nuestras creencias. Pues nosotros siempre creemos que detrás de la puerta de la calle está la calle. Acto seguido, Ortega pasaba a hablar de las “Ideas”, pero como no viene al caso de este discurso, lo dejo de lado. Enseguida me di cuenta de que las lucubraciones orteguianas no me iban a sacar del embrollo. Pero si algo quedaba claro era que mis creencias habían quedado en entredicho. Sin embargo no había jamás pensado en la actitud dadaísta de la divinidad, metiéndonos en un escenario tan absurdo.
Cuando llegó la noche, no quisimos quedarnos en la casa por si ocurría otro milagro y moríamos del infarto, así que nos fuimos a un hotelito que hay cerca del parque García Sanabria. Nos servimos dos Johnny Walker E.N. cada uno y a continuación nos metimos en la cama. Monseñor Escrivá de Balaguer entró en la habitación y le pedí que me explicara la diferencia entre milagro y misterio. -Hijo, mío –me dijo el santo –yo llevo todo el año haciendo un único milagro: que el PP suba en las encuestas. Y no estoy para divagaciones.
-¡No joda! –exclamé. Y seguí durmiendo.

20 de octubre de 2009

En el tanatorio

Foto de Pedro Santana y Ramón Pereyra

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Ayer fui al velatorio de una pobre mujer que se murió de vieja. Alrededor del féretro suspiraban hondamente sus amigas, y las que iban llegando se acercaban a verla por última vez a través de una ventanilla abierta en la tapa de la caja.
Una antigua casona perteneciente a una familia de la alta burguesía insular había sido cedida en alquiler al municipio y habilitada como tanatorio a las afueras del pueblo.
Cuchicheábamos entre nosotras deshilvanando recuerdos.
Cansada de estar sentada, me levanté para tomar café en una pequeña cocina donde dos vecinas, amigas de la difunta, atendían a los visitantes. Me lo tomé azucarado y comí dos rosquetes. Después de pasar por el cuarto de baño, con el regusto del café aun en los labios, volví a mi asiento. Pero aun no había llegado, cuando me di cuenta de que el féretro estaba flotando. Es decir, el féretro flotaba en el aire, pero se movía como si fuera una barca en el agua. Durante unos minutos estuvo dando vueltas por la sala y de repente la muerta, Lina, se incorporó, y, sentada en el fondo de la caja, miraba fijamente al duelo y a todos los presentes. Nos dimos cuenta de que por su forma de mirar, Lina venía del otro mundo, o por lo menos de algún lugar situado muy a las afueras de éste. Su hijo, con el brazo y el índice derecho extendidos, la señalaba y no podía dejar de reír. No decía nada, sólo se reía y apuntaba con el dedo a su madre.
La finada, sentada en la base del féretro, comenzó a hablar, farfullando y babeando al principio, pero luego claramente; decía que ella se quería despedir de nosotras antes de marcharse al otro mundo, que había sido una mujer humilde, que un sinvergüenza la dejó preñada de joven y que aquel desliz cambió su vida, que lo único de valor que tuvo jamás fue el hijo que nació hace sesenta años. Al decir esto, señaló a su hijo, que no dejaba de reírse a carcajadas, no se sabe si de alegría, de pena o por nervios; sólo un juez podría determinar con criterios jurídicos el verdadero motivo de su risa.
La barca, digo, el féretro continuó navegando por los pasillos, pues en la casa pasillos interminables se sucedían a pasillos interminables y salones desnudos se abrían ante la barcaza como lagunas extensas. Por los balcones abiertos se precipitaban en cascada flujos de rayos láser que desaparecían entre las buganvillas del jardín.
La mujer recitaba un resumen de su tránsito por la vida. Tenía la cara de cera, los ojos brillantes y verdes que tuvo cuando la engañó el sinvergüenza y los labios amoratados como los tienen los muertos. Su nuera le había puesto un fular de seda rodeándole la garganta que chocaba con la expresión pueblerina que arrastró durante su existencia: Lina no había conocido ni las entidades financieras, ni las cúpulas de los partidos, ni las comisiones por ventas. Su vida era la de una pantalonera, sumergida día y noche en el remate de los bajos, los bolsillos, las trabillas y las braguetas de cremallera. Una vida de a tanto la prenda terminada, planchada y doblada.
La embarcación surcó el último pasillo camino de la laguna Estigia, en cuyo extremo esperaba el cancerbero, con camiseta del Real Madrid y el Marca bajo el brazo.
Desde el más allá, Lina lanzó un beso a su hijo y desapareció. ¿Quién? Ella.
Cuando llegaron los de la funeraria, sin mirar dentro de la caja, que a pesar de todo lo ocurrido aun estaba en el tanatorio propiamente dicho, la cogieron junto a las coronas, metieron todo dentro del coche y se dirigieron a la iglesia de San Antón. Los allegados montaron en otros coches y formaron el cortejo fúnebre. El pobre hijo de Lina seguía llorando.
El cura aprovechó el responso para decir a los fieles que doña Lina estaba allí de cuerpo presente, y que no hicieran caso de los sueños perturbadores obra de Lucifer.

9 de octubre de 2009

REFLEXIONES, XXII

Era uno de esos días luminosos del año, primeras horas de la tarde, cuando las madres esperan a la salida de los colegios, los jubilados salen en parejas a dar una vuelta antes de cenar y por unas horas la ciudad se llena de encanto.
Mi mujer y yo bajábamos por la calle del Pilar y al llegar al cruce con San Clemente vimos unas parejas de jóvenes disfrazados de rumberos y bailoteando sobre la acera. Pensamos que sería una comparsa de carnaval, pues en Santa Cruz, aunque no sea época de carnavales no es raro ver , a veces, comparsas de jóvenes que ensayan sus números durante el año. Es una forma de socializar, de pasar las tardes y con frecuencia se trasladan a las fiestas de algún pueblo para animar el baile de la plaza y cobrar unos euros que les sirvan para comprar los futuros disfraces.
Si algo caracteriza a los tinerfeños es su afición al baile, a la fiesta y al disfraz.
Lola y yo decidimos ir a tomar un refresco a la terraza del parque García Sanabria. Sentados en los veladores, uno puede ver las palmeras, los bambúes, los tuliperos del Gabón, las jacarandas, los flamboyanes y alguna magnolia espléndida. Los críos jugaban y lanzaban gritos de alegría correteando por el recinto infantil al otro lado del reloj floral. Mi mujer pidió dos cervezas y unas aceitunas que el camarero trajo al instante. Todo parecía florido y sonriente aquella tarde que no recuerdo si era de abril o de mayo, porque al poco de estar sentados en la terraza comenzaron a pasar unas sevillanas por la acera de la Clínica Parque. Lola me tocó el brazo y me pidió que me girara para ver las sevillanas. Pero no hizo falta porque justo por la acera cercana a nuestro velador pasó un bolero con una rumba cogidos de la mano. Como no habíamos visto jamás ritmos de música popular andar en pareja por la calle nos quedamos, ¿cómo diría yo?, estupefactos. Pero la tarde fue deslizándose de sorpresa en sorpresa y enseguida vimos un mambo del brazo de una cumbia, un cha-cha-cha con un merengue, guarachas, vallenatos, danzones. Todos los ritmos caribeños que pueda uno imaginar bajaban por la calle Méndez Núñez en dirección a la plaza Militar. Todos los ritmos adornados de volantes, colores luminosos, lunares, collares, flores, maracas y tambores.
Ante un desfile tan irreal, porque en la vida real los ritmos no van solos por la calle. Es, podríamos decir, como si el ritmo fuera dentro de las personas, pero en esta ocasión, no sé si por que era una tarde especial, uno de esos días luminosos de los que hablé al principio, o por lo que fuera, el caso es que los ritmos andaban fuera de los cuerpos, es decir solos.
Antes de llegar a la Plaza Militar, en la misma calle Méndez Núñez está el Ayuntamiento de la ciudad. Pues bien, parece que todos se dirigían a este lugar, y junto con todos los ritmos que se habían concentrado había cantidad de curiosos, entre ellos, ahora, mi mujer y yo.
La escena era muy festiva y tenía un tinte milagroso, pues los ritmos no eran corpóreos y si tuviera que describirlos no sabría que decir; a lo sumo podría silbarlos.
De pronto algo me llamó la atención: llegaron al lugar cinco o seis trajes, trajes de gran calidad, no se veían las marcas comerciales, pero sí sus telas: lana fría auténtica, estambre y seda, hilo, cachemira. En fin, trajes de pijos.
Los trajes se pusieron a bailar como si tuvieran un cuerpo dentro y bailaban estupendamente, bailaban y miraban a la gente con gesto desafiante, pero la gente pasaba de los trajes. Era como si los trajes no estuvieran allí. Sólo algunos nos dimos cuenta de su presencia. Y de repente apareció un juez, gordito, con cara de niño, pero con una determinación judicial en sus actos que no daba lugar a dudas: era un juez con su policía judicial al lado y un secretario apolillado sacado de la oficina de la audiencia. Se acercó a los trajes y les rebuscó los bolsillos. Estaban llenos de billetes de quinientos, de comprobantes de caja de las Islas Caimán, de la Isla de Man y de otros paraísos fiscales. Pero la gente, que hasta aquel momento no parecía enterarse de la presencia de los trajes bailantes, empezó a decirle al juez que dejara en paz a los trajes, que a ellos, es decir al público que miraba a los trajes, lo que le gustaba sobre todo era la música. Y es verdad, a la gente de Santa Cruz, gente de pueblo, gente normal y corriente, no te vayas a creer, gente como tú y como yo, no le interesa mucho lo que llevan los trajes dentro de sus bolsillos, eso son cosas privadas de cada cual, y además éste no era un momento para que un juez llegase y jodiera la fiesta. De eso nada: comenzaron a acompañar a los trajes con ritmos de palmas y los trajes bailaban como locos. Pero el clímax se alcanzó cuando por el balcón del ayuntamiento apareció un “bandolión” y comenzaron a llegar milongas y tangos en pareja. Las milongas estaban desbocadas, como se sabe no son tan melancólicas como los tangos y al pueblo llano, aunque no lleve ni un duro en el bolsillo, le encantan las milongas.
Así pues, vimos al juez que se sentó en un banco de la plaza y esperó a que terminara la fiesta. Y lo hizo por dos razones: primera, porque en aquel momento acababa de ponerse en huelga; segunda, porque los jueces nunca tienen prisa y tercera, porque como se suele decir: ni el dinero ni la querida se pueden esconder.

23 de septiembre de 2009

DE POSTRE MELOCOTÓN




La casa de Ricardo es preciosa. Es una casa construida por él mismo, ladrillo a ladrillo, desde el suelo hasta el techo. Puertas, ventanales, chimeneas, bodegas y jardines.
Ricardo es un hombre muy peculiar. Su profesión es la profesor de física y química en un instituto de educación secundaria. Pero su afición es la arquitectura rural: hace tiempo compró un solar donde había una casa vieja que restauró según los cánones de la llamada arquitectura canaria. Rodeada de retamas y laureles, enseguida la vendió a unos extranjeros y con el dinero se compró otra casa antigua en Lanzarote que también restauró. Las restauraciones le proporcionaron una gran experiencia de los motivos y elementos de la arquitectura insular. Aprendió a localizar puertas de desecho, vigas de casas en derribo, mobiliario de reventa. Y además, él tenía arte y gusto para combinar lo tradicional con lo moderno de forma que adquiriera su toque personal.
Desde la última casa que se construyó Ricardo se divisa la masa forestal del monte del de los Tilos, un macizo boscoso con retamas que se nutre de la humedad de los alisios.
Ricardo nos invitó a almorzar y estábamos sentados en la terraza cerca de de recién terminada barbacoa, entretenidos en mirar al mar, cuando Petra, una de las amigas del grupo, por bromear exclamó que en el mar se veía un cayuco acercándose a la costa.
No sé si por esta razón; nunca le faltan razones al corazón, comenzamos a hablar, entre copas y cafés, de la inmigración y de los inmigrantes.
Como cosa natural mis amigos de sobremesa, inspirados por los dardos de don Federico Jiménez, echaban la culpa de la llegada masiva de africanos a las islas al gobierno zapaterista.
Yo levanté el dedo para decir que me sentía orgulloso de que mi gobierno, o aquella parte del gobierno con la que me sentía afín, cuando se avistaba un cayuco en alta mar, saliera con un guardacostas a buscarlo, que se hiciera una revisión médica a los inmigrantes, que se les diera comida y agua y que se les arropara. Y si se pudiera, see les diera trabajo. Aunque afinando bien, la expresión dar trabajo no es correcta, pues uno no da trabajo, lo que hace realmente es quitarse trabajo. Pero no voy a entrar en disquisiciones semánticas.
Mis amigos de sobremesa se sentían estafados por un gobierno débil, que no hace lo posible por salvaguardar la integridad de nuestras fronteras, y no usa, si es preciso, la armada para convencer a los de los cayucos de lo peligroso que puede resultar desobedecer órdenes militares.
Pregunté a una amiga de sobremesa, de mi edad más o menos, y a un joven, que podía ser mi hijo, si ellos pensaban que habría que disparar para evitar la arribada de los africanos.
-Por lo menos para asustarlos -dijeron.
Las flores de las jardineras echaron una carcajada.
Yo, que siempre tuve un espíritu franciscano, me levanté y le pregunté a la hermana gardenia roja si ella prefería la guerra preventiva o la arribada incontrolada.
Las hojas de una higuera aplaudieron como si hubieran estado esperando mi pregunta, y una de ellas, verde claro, ancha y plana, con un brillo poco común se dirigió a mi y ondulando los nervios de su palma explicó que los melocotones en su origen provenían de China, luego fueron trasladados a Persia, donde se adaptaron tan bien que hay quien les llama “pérsicos” y “damascos” y de allí los trajimos a España. Y hoy, en Canarias los duraznos son fruta de nuestra tierra.
A lo cual yo repliqué, mirando de frente a mis federicos:
-¿Piensan ustedes que los negros africanos deben tener menos derechos que un melocotón?
Y mi amiga de sobremesa y el joven que podía ser mi hijo dijeron casi al unísono que no era lo mismo: “Un melocotón que un negro”.
Dejen que fructifiquen y aprecien su sabor.
-Lo que nos faltaba –exclamaron, mientras arrancaban dos hojas de higuera para hacerse un abanico.

5 de septiembre de 2009

REFLEXIONES,XII




EL PARAISO TERRENAL





"A Maite, un ángel precioso, con rizos dorados cubriéndole la frente y la espada de fuego por los sueños."


Iba yo por el paseo que discurre a lo largo de la desembocadura del Bidasoa en Fuenterrabía donde el río forma un estuario que los locales llaman Txingudi y, a pesar de la fonética un poco ñoña de este topónimo para los hispanohablantes, el lugar es un espejo complice de la belleza del sol al amanecer en el Edén: Hondarribia es el Edén.
En este estuario disfrutan los pescadores, los peces disfrutan, disfrutan los cangrejos en las rocas y los jubilados marchan despreocupados por su último decenio. En hilera, los chinchorros apoyados bocabajo contra el pretil parecen penitentes.
Las calles de la marina de Hondarribia, que en castellano llamamos Fuenterrabía, sin que nadie sepa que rizomas etimológicos operaron este trueque, están flanqueadas por magnolios de hojas brillantes y acartonadas, tamarindos, plátanos y algunas casas señoriales que se cubren de hiedra verde oscura.
Hondar: arena. Hondarribia es un arenal extenso, que ha hecho las delicias de los políticos nacionalistas que copan desde antaño la alcaldía. Tiene rincones acogedores, calles empedradas que suben al castillo, fachadas con escudos labrados sobre las puertas y un horizonte que linda con el país del vino y la elegancia: un Paraíso.
Yo deambulaba por el este del Edén, miraba al mar y sus juegos de luces, cuando de pronto se me apareció San Miguel Arcángel. Mi mujer, que me acompañaba como acompañan las mujeres de los musulmanes a sus maridos -dos metros por detrás, porque no puede seguirme el paso –se quedó embelesada. Y no era para menos. El arcángel era un joven de diecinueve años, rubio, con tirabuzones por la frente y sobre las orejas; los ojos negros con irisaciones violetas. Y la piel dorada, cubierta con una fina capa de miel de abeja.
Le pregunté que qué hacía en Fuenterrabía y que esperaba de mí. Y él sonrió. Porque los ángeles tienen un rictus sonriente y no tienen sexo, y me dijo que él estaba allí porque él vive desde la eternidad en el Paraíso. Comprendí. Tanto mi mujer como yo mismo disfrutábamos de su presencia sin tener malos pensamientos. Llegamos caminando hasta la playa y allí nos acostamos sobre la arena. Lola, así se llama mi esposa, le extendió crema por la espalada; más por afán de tocarle que por la utilidad del hecho, pues es sabido que a los ángeles, y menos a los arcángeles, no se les quema la piel, acostumbrados como están a vivir allá arriba.
Me fijé que cuando se tumbó sobre la toalla, dejó la espada de fuego a un lado. Y le pregunté, mientras mi mujer seguía con los masajes, que por qué tenía una espada si eran pacifistas en el cielo.
Me dijo que era una espada preventiva y que ya no la usaba tanto como en otros tiempos. Pero que Dios tenía mandamientos que había que cumplir por las buenas o por las malas. A mi estas explicaciones del arcángel San Miguel no me convencieron, porque yo pienso que si se es pacifista uno se compra un rueca, se sienta en el suelo o en la playa y comienza a hilar y dejar que Dios se ocupe de uno.
-¡Hombre!, no está bien que te dediques a comer chuletas de buey poco hechas, a cazar palomos y a matar a tus enemigos sin tan siquiera esperar al día del juicio final.
San Miguel me miró sin comprender nada. Él era un guerrero de Cristo Rey, el había echado a Lucifer del Paraíso y ahora era el guardián de las esencias celestiales. Y como Hondarribia –Fuenterrabia – era una parte del Paraíso, él tenía que vigilar lo que ocurría sin dejar de lado su espada de fuego.
Parece que el masaje en la espalda le sentó bien porque se puso en pie y haciendo una pirueta angelical en el aire se zambulló en el agua. La espada de fuego se derritió como si fuera un helado de naranja. Y Lola corrió tras él, porque, según me dijo, se sentía en estado de gracia.
Y es que yo estoy seguro de que lo mejor para sentirse bien es darse masajes en la espalda y olvidarse de los enemigos; que Dios nos juzgará a todos el día del juicio final. Y como decía Aberasturi: “cuando llegue ese día, Él me va a oír”.

1 de agosto de 2009

REFLEXIONES, XI

ENTRE TRAJES

"Usted no lo sabrá. Los verdaderos “connaisseurs” saben como debe ser el largo de la chaqueta; distinguen entre forro y forrarse"
El domingo pasado salí de casa a las ocho de la mañana para dar un paseo. Después de una hora, me fui a la calle San José con la intención de tomar un café y leer el periódico. Pero, no sé si por lo temprano del día o por qué otra causa, la calle estaba vacía, los bares cerrados y lo único que había, y lucía muy agradable, eran las sombras de los árboles derramadas por el suelo y las flores de los alcorques.
Miré al cielo, y ya estaba azul, celeste, como dios manda. Miré al horizonte y vi el mar y coches que pasaban por la avenida Marítima en dirección a las playas del sur. La charca de la plaza España era un espejo y los destellos de las latas de refresco que los chavales habían arrojado por la noche, dañaban la vista. Miré a los lados de la calle, y también los portales estaban cerrados. Sólo un escaparate tenía vida, porque el dueño, o un empleado despistado había dejado la luz interior encendida. Me acerqué y contemplé los trajes y las camisas que había en exposición. En el suelo del escaparate había una tarjeta con los precios de cada una de las prendas expuestas. Para poder leerla acerqué la nariz al cristal del escaparate y me enteré de que los trajes eran, uno de lana fría, otro de una mezcla de seda con cachemir y las camisas cien por cien algodón. No me dio tiempo a saber nada de las corbatas ni de los calzoncillos; pues al ver mi cara tan pegada al cristal –imaginé yo –los trajes del susto se cayeron al suelo. Yo, con las manos juntas, les pedía perdón, porque por alguna razón que no puedo imaginar, entendía la desazón de los trajes que se comportaban como un pájaro acechado desde el exterior de la jaula por un gato silencioso.
Lo gracioso es que por arte de birlibirloque los trajes salieron del escaparate y me saludaron atentamente. Y yo, debió de ser por la soledad de aquel domingo, acepté su compañía como si tal cosa.
El de lana fría me propuso que fuéramos a algún lugar fresco. Y el de mezclilla seda con cachemir accedió gustoso.
Los trajes tenían una conversación muy animada, aunque intranscendente. Por ejemplo, el de lana decía que no se puede comparar la lana de él mismo con la lana de los trajes de los dependientes de tienda. Me indicó que los mejores trajes los llevaban los presidentes de las grandes compañías.
-¿Y, piensan ustedes que la arruga es bella? –pregunté para intervenir en la conversación.
Ni uno solo de los ojales de los trajes ahorro su carcajada. Que le preguntara a mi mujer, dijeron, mirándose enseguida de arriba abajo con intención de detectar arrugas.
El de seda se desabotonó la americana y comenzó a mostrarme todos los entresijos del traje: los bolsillos laterales, el bolsillo interior para el móvil, el bolsillo izquierdo a la altura del corazón para guardar los disgustos, el del lado derecho para guardar la cartera; la trabilla trasera del pantalón, para ajustarlo; las aperturas laterales de la americana.
-Que no se sabe para qué son –aventuré yo.
-Usted no lo sabrá. Los verdaderos “connaisseurs” saben como debe ser el largo de la chaqueta; distinguen entre forro y forrarse; distinguen entre el largo de la manga y dar la manga; distinguen entre usar el bolsillo y llenarse los bolsillos. Y finalmente saben tanto de trajes que ellos se los pagan cada vez que los compran, pero no guardan el tique de caja.
- ¿Y eso que tiene que ver con ser entendido en trajes? –inquirí.
- Eso mismo pensaba yo antes, -contesto el de lana –pero ahora estoy convencido de que algo tendrá que ver cuando todos ellos, sin excepción, los pagan en billetes de quinientos y no guardan los tiques.

24 de julio de 2009

UN POEMA CADA DÍA, IX


Yo soy

Soy mis mínimos gestos,
temor
o esperanza.

Línea y color,
el iris,
y la posibilidad del habla.

Emoción de la armonía,
su discurso,
su concepto.

No soy el templo;
sólo sus sensaciones.

Y mi credo.

22 de julio de 2009

REFLEXIONES, VIII


No todo me ocurre en casa, pero últimamente mi relación con el entorno se ha convertido en un toma y daca del que yo salgo muy beneficiado, pues los objetos, que llamamos inanimados, en la realidad, son seres que ocupan un lugar de emoción en nuestras vidas y como tales están tan presentes en ella como por ejemplo el alma, a la que jamás hemos visto y hay personas que todas las noches rezan un rosario por ella.
Estaba solo en casa sin saber con quien hablar y, para satisfacer mi relación afectiva con el entorno, busqué algún objeto con el que entablar conversación. Lo primero que se me ocurrió fue abrir los armarios con el afán de encontrar algo a lo que dirigir mis opiniones o simplemente mi mirada. El motivo por el que rebusco en los armarios es porque armario viene de arma: lugar para guardar armas. Y las armas, fusiles, pistolas o cañones de artillería tienen un alma que está localizada en el interior del cañón. Por eso creo yo que los misterios de los armarios provienen de su alma etimológica.
Como estaba diciendo, en la búsqueda sólo encontraba vestidos de mi mujer, que no son propiamente objetos, sino prendas de vestir, y también zapatos. La verdad es que no me apetecía hablar con ellos, bastante arrastrada es la vida de uno mismo como para ponerse a oír la vida de los zapatos. Luego encontré un cajón con bragas y sujetadores, mucho más sugerentes, pero no era el momento; así que continué buscando hasta que di con un compartimiento de bolsos. Miré y los encontré sonrientes, ariscos, pendencieros, góticos, posmodernos. Todo según el rictus que ofrecía su embocadura, pues la abertura de los bolsos es muy diversa: algunos tienen su contorno forrado de cuero como si fuesen labios de silicona, otros la tienen con dos perlas de acero que se abrazan como un “piercing” en el centro de los labios y los hay que tienen como una solapa que los amordaza, tapándoles las boca. Cogí uno de éstos y le levanté la solapa para ver lo que había dentro. Acerqué los ojos. Pero como es lógico al acercar los ojos también acerqué los oídos y sentí una voz grave y lejana. “¡Toma, una garganta profunda!”, exclamé para mis adentros. Y seguí escuchando con atención.
El bolso me contó que ellos no son prendas para vestir a las señoras ni a los señores, son más bien complementos que se adaptan estéticamente a la vestimenta. Que guardan secretos íntimos: en agendas, en teléfonos móviles, en pañuelitos y, en las últimas décadas, condones. “Nosotros”, me contaba “podemos ser bellos, lujosos, joyas como las mismas joyas o baratos y estrafalarios. Los hay de cinco euros en los mercadillos y de cinco mil euros en las boutiques de moda. Podemos ser una pieza de regalo Louis Vuitton o una antigüedad de Porto Bello. Nos eligen como presente en San Valentín o para comprar voluntades. Como insinúa doña Barberá, todos los políticos reciben regalos y no cabe duda de que nosotros estamos en la primera línea".
Me acerqué a la garganta del bolso y casi metiéndole la lengua en su laringe le pregunté:
-¿ Y a ti quién te ha contado esto, la policía o el Bigotes?
Pero en lugar de escuchar una sonora carcajada, como yo esperaba, oí el ruido de un desagüe, y me quedé perplejo.

14 de julio de 2009

REFLEXIONES, VII


Asamblea de vecinos.

El martes pasado fui a visitar al psiquiatra con el fin de pedirle ayuda, pues cada día entiendo menos lo que ocurre a mi alrededor. Digo esto, porque como dice el proverbio latino: “Homo sum, humani nihil a me alienum puto”, que en román paladíno, la lengua con la que habla el pueblo a su vecino, quiere decir que soy humano y nada humano me es ajeno.
Así, pues, cuando una blogera como Kim Basinger nos lanza una de esas noticias “mueveconciencias” yo me cabreo, y esto es un ejemplo de que lo humano me interesa. Claro, ¿no?
Y bien, el martes, como os decía, fui al psiquiatra y le conté mi desazón, que no aguantaba más, que sabía que vivíamos en democracia y que en democracia cada cual es un individuo, único e intransferible; pero que yo me encontraba muy raro, que cada día estaba más solo, y que casi nadie quiere platicar conmigo.
Mi mujer dice, le dije yo al psiquiatra, que no quieren hablar conmigo porque siempre doy la vara con problemas, que si les hablara de Cristiano Ronaldo ya vería como tenía éxito y todo el mundo me aceptaría.
Naturalmente, mi mujer dice eso porque es muy sensata, pero yo detesto la sensatez y la cordura. “¿Qué le parece doctor?”, añadí, mientras miraba a un cuadro abstracto de tonos suaves colgado frente al sillón de la consulta.
Y el doctor me recomendó que echase fuera de mí todo lo malo, que aireara mi interior, que no retuviera mis problemas, que los dejase hablar.
Salí de la consulta y me dirigí a casa cabizbajo. Entré en el piso, fui a la nevera y me puse una cerveza fría en una jarra. Me la bebí de un trago y sin respirar. Luego hice como en las películas americanas: fui al mueble bar y me serví un whisky con hielo, me coloqué detrás de la ventana y fui pimplando poco a poco. Mientras bebía prepare un plan: pasé al comedor y me abrí en canal. Saqué el hígado y lo coloqué en un extremo de la mesa, saqué el corazón y lo coloqué en el otro extremo, luego hice lo mismo con el bazo, con el páncreas, con los dos riñones, con los intestinos, con los pulmones, con la vejiga de la orina y con la próstata. Como están imaginando coloqué todas las partes blandas de mi cuerpo alrededor de la mesa como si estuvieran en una asamblea general de vecinos. Finalmente me senté en un sillón que había en un rincón de la sala, abierto en canal como si fuera un armario, para observar la reunión.
Allí estaban todos mis órganos interiores dispuestos a debatir y echar al aire sus problemas. El primero en hablar fue el corazón que dijo que el corazón tiene razones que la razón no comprende. Al decir esto todos me miraron sin decir nada. El hígado respondió que lo malo para él era el paté de cerdo, los huevos y el vino, y sobretodo los disgustos.
El bazo y el páncreas levantaron la mano y dijeron cosas complejas, porque ellos son órganos complejos, adujeron; pero los demás órganos no entendieron su discurso, y la lengua, que hacía de mediadora, tiesa en el interior de un cenicero, pasó el turno a los riñones. Estos fueron contundentes, echaron la culpa de todos sus problemas a cada uno de los órganos del tránsito digestivo y añadieron que la responsabilidad superior le correspondía a la voluntad. Y al decirlo me señalaron a mi, que estaba callado y sentado, abierto en canal en un sillón del rincón del cuarto, como ya dije.
Levanté el dedo índice y pedí la palabra. Pero mi lengua estaba en el centro del cenicero, y ,aunque yo hablaba, nadie me oía. Y de ella, es decir, de la lengua salían unos silbidos graves y agudos correspondientes a un discurso que adivinamos cargado de sentido, pero inaudible.
Como pueden apreciar la reunión no nos llevó a ninguna parte ni solucionó ningún problema. El intestino ciego no veía nada claro y el intestino grueso declaró que toda la reunión era demasiado visceral y sin seso.
Yo no suelo estar de acuerdo con el intestino grueso en general, pero en esta ocasión tenía toda la razón. Y me di cuenta de que tanta visceralidad no nos llevaba a ninguna parte, pues aunque digamos que los problemas humanos los llevamos dentro, yo he descubierto que los problemas personales no existen, sino que el mundo está lleno de problemas y el pobre ser humano(hembra o varón) no sabe qué hacer con ellos.

6 de julio de 2009

REFLEXIONES, VI


En el dentista

Cuando me senté en el sillón del dentista, me sudaban las manos. Respiré utilizando sólo los conductos nasales y parece que la estrategia hizo efecto porque al momento comencé a sentirme más relajado.
Me habían hecho un injerto de hueso en el maxilar superior y hoy iba a hacerme una revisión.
La enfermera era una chica pequeña que me recordaba a una amiga de adolescencia a la que llamábamos quince céntimos. Era redondita, con una cara que salía de detrás de una melena negra, recortada alrededor de la nuca. Sus ojos eran como dos pececitos verdes debajo del flequillo.
Me pidió que abriera la boca, y en ese momento volví a ponerme nervioso y la estrategia de concentración no surtía efecto. Tampoco podía respirar por la nariz y tuve que hacerlo por la boca.
Miraba a la enfermera y daba gracias a dios de que llevara una mascarilla pues yo, además de respirar descontroladamente, estaba a punto de echar un eructo.
Oí que dijo “abra más”. Y volvió a repetir “más, más, don Joaquín “ –era muy cariñosa.
Yo obedecí y abrí la boca más, más, como ella me pedía. Noté el pinchazo de la anestesia, varios pinchazos y a continuación la quince céntimos se separó de la silla y salió de la sala.
Cuando volvió ya no sentía ni los labios ni el paladar ni la lengua. Volvió a meter el instrumental en mi boca y a rascar con fuerza. Yo no estaba en condiciones de preguntar qué me hacía, pero ella susurraba:
–Muy bien , don Joaquín, está todo muy bien. Abra la boca un poco más. Le está quedando perfecto.
Y no sé si por la anestesia o porqué, me estaba quedando dormido.
-Abra un poco más, don.
Yo quería preguntar que porqué tenía que abrir tanto la boca. Pero, con los maxilares anestesiados, no sentía nada y obedecí sin más.
-Mire, don Joaquín, los dentistas venimos observando que ya hay muchas personas que están desarrollando este ligamento flexible que posibilita abrir la boca hasta que se pueda tragar cualquier cosa. Ocurre más en los hombres que en las mujeres; y como dice el doctor –se refería al dueño de la consulta, un reputado odontólogo, decano de la asociación carpetovetónica de estomatología al que llamaré X –este hecho se debe a una evolución repentina de la especie: el hombre moderno necesita unas grandes tragaderas para digerir todo lo que le echan y por razones desconocidas hay mucho varones que han desarrollado este ligamento al que el doctor X le llama “boa constrictor ligament” . Y nosotros, en esta clínica aprovechamos el momento de los injertos para precipitar la adaptación. Es como si le diéramos un empujoncito a la evolución de la especie.
Con la boca completamente abierta yo me tragaba todo lo que me decía aquella especie de bombón vestido de enfermera.
Y me imaginaba lo fácil que iba a ser en adelante cuando me hablaran de la presunción de inocencia, de la necesidad de bajar los impuestos sin afectar a los servicios sociales, de la diferencia entre anulación de matrimonio y divorcio o de lo buena que es Cristina Kichner. Porque esos asuntos antes de acudir a la clínica no me los tragaba; pero a partir de aquella intervención las cosas cambiarían radicalmente.
En eso, la quince céntimos puso las tetas cerca de mi boca. Yo creo que lo hizo sin querer, porque estaba embebida en el “boa constrictor ligament”, y la verdad es que no me pude aguantar y me la tragué.
A continuación caí en un profundo letargo, es decir que me quedé roque, y como dice el doctor X, es la fase necesaria para digerir lo deglutido. Y con la chica dentro de mí no sabía si era un sueño o efectos de la anestesia. Pero fuere lo que fuere, ya había empezado a experimentar lo fabuloso
que era tener unas buenas tragaderas.

30 de junio de 2009

REFLEXIONES, V

El tenedor

Yo nunca sueño porque la realidad se me impone de tal manera que no me deja soñar.
Ayer, mientras mi mujer terminaba la comida, yo puse la mesa. Y, aunque trabajé muchos años en un hotel de lujo en Inglaterra, a veces pongo los cubiertos de forma incorrecta, es decir, que coloco la cuchara y el tenedor a la derecha del plato y el cuchillo lo dejo solo en la izquierda. Bueno, pues estaba esperando a que Lola me sirviera la comida cuando de reojo vi que el tenedor le daba pinchacitos a la cuchara.
Ya está la realidad haciendo de las suyas, pensé. Y volví la cara hacia otro lado para que el tenedor no me viera. Y poco a poco, el pelo pincho se acercó tanto a la cuchara que si no estoy allí se la pasa por la piedra. Acudí, por solidaridad en ayuda de la cuchara y como las cucharas no hablan pensé que la pobre no iba a poder desfogarse contándome sus penas.
Fui al grifo y la lavé con agua fresca, la sequé con un paño de lino y cuando la iba a meter en el cajón pensé: “una imagen vale más que mil palabras”. Así, pues, me miré en la parte cóncava de la cuchara para que ella me viera, pero la realidad me mostró una cara de melón que no quiero recordarla. Luego le di la vuelta y no me miré en la parte convexa porque podía ser peor. Finalmente la metí en el cajón de los cubiertos enredada entre todas sus colegas.
El tenedor seguía en su sitio, hirsuto, crispado. Si la cuchara es símbolo de la pobreza, el tenedor es símbolo de la carne desgarrada. Se dice, injustamente, que algunas personas viven a la sopa boba, pero eso es una incorrección del lenguaje, pues los que así viven se alimentan más de tenedor que de cuchara.
Pero volvamos a la realidad. Cogí el tenedor y comencé a frotarlo como hacía Uri Geller , y de pronto noté que con mis caricias se ponía tieso. Yo nunca he sido tenedofiflo, ni cuchillofilo ni nada de eso, así que lo metí debajo del grifo para ver si se calmaba, lo sequé y lo coloqué sobre la mesa con un diccionario encima, esperando que se aplacara por el efecto de las palabras.
Convencí a mi mujer para que comiéramos sin cubiertos, lo cual fue difícil porque ella es una soñadora y no se imagina la vida sin ciertos hábitos.
Cuando terminamos de comer volví a la cocina y vi el tenedor más plano, como si le hubiera convencido el diccionario; pero el diccionario estaba abierto de bruces en el suelo. Lo recogí y lo llevé a la balda donde las novelas de ficción viven en silencio.

19 de junio de 2009

REFLEXIONES IV

Confesiones del Cavalieri

Ayer soñé que yo era el Santo Padre, y como en sueños todo es posible, anduve por la avenida de la Conciliazione bajo una capa de intensa lluvia mojando las sandalias de San Pedro.
Este contacto con el agua fría de la mañana me hacía sentir pescador. Y desde el puente cercano al Castel de Sant’Angelo me entretuve mirando la fuerte corriente del Tiber y me pregunté si yo también sería capaz de caminar sobre las aguas. Miré al cielo y vi signos que me decían que no.
No sé como ocurrió, pero como en sueños todo ocurre de manera extraña, me encontré de pronto a las puertas del Quirinale. Sí, ya sé, que éste es el palacio del Presidente, pero en los sueños las cosas simplemente acaecen y no tienen un porqué, así que me encontré de repente ante el portero del Quirinale vestido con una gran librea de botonadura doradora. Era Il Cavaliere.
Me sonrió y se quitó la gorra de plato para saludarme. Yo le di mi bendición que él la aceptó con un guiño del ojo izquierdo. No había nadie en el gran zaguán y me detuve en la puerta a la espera de que el señor Berlusconi me invitara a pasar; pero, ¡oh sorpresa! el señor Berlusconi se me acercó al oído y me dijo:
-Pater Santíssimo, vorrei confesarme.
Y como en todos los palacios presidenciales hay garitas de guardia, Berlusconi me hizo un gesto para que le siguiera y entramos en una por una puerta muy estrecha. Yo le ofrecí anillo para que lo besara y él me metió entre las manos una banderita tricolor. Tras este intercambio de símbolos, exclamó:
-Santidad, me acuesto con “belinas”.
-¿De cuántos años, hijo mío?
-Jóvenes, Santidad –y levantó los hombros con las palmas de las manos juntas como si orara o pidiera perdón.
-¿Cuántas veces, hijo mío?
-No muchas, Santidad, porque estoy muy ocupado.
-¿Y te arrepientes?
Me miró y no contestó.
Luego,yo no sólo seguía siendo el Santo Padre, sino que me vi en la figura de Benedicto XVI impartiendo la bendición orbi et orbe a Berlusconi; pero ya no estábamos en el Quirinale, sino en el Lido, rodeado de periodistas y “paparazzi”.
-Santidad, ¿qué le dijo Il Cavaliere? –inquirió un periodista del Corriere.
Miré al cielo y no vi signos que me aconsejaran qué decir, así que decidí callar lo que Il Cavaliere me había dicho en la intimidad.Por dos razones: porque la intimidad es sagrada y además era secreto de confesión.

Desperté empapado en sudor. Me pellizqué la tripa y seguía siendo yo. Además en un periódico que alguien había pasado por debajo de la puerta publicaban lo que decía la Conferencia Episcopal Española; pero nada de lo que hacía Berlusconi con las "velinas",¡gracias a Dios!