16 de marzo de 2010

REFLEXIONES


Antes de emprender viaje a Irlanda, donde estuvimos varias semanas, pasamos por Santa Cruz para hacer los preparativos. Nos extrañó ver tantos carteles anunciando que los negocios se traspasaban o se alquilaban. Aunque sabíamos que desde el año anterior la llamada crisis financiera había provocado una ingente cantidad de cierres de empresas, no nos habíamos dado cuenta de lo mucho que esto podía haber afectado al pequeño comercio.
En la calle de San Ambrosio, donde había una tienda de carabinas y varias mueblerías, los tres negocios habían desaparecido.
En la prensa local un columnista que firma con el seudónimo de “El paseante sagaz”, decía que había que empezar a inventar nuevos negocios porque la gente estaba harta de tanta boutique de moda.
Lola me dijo que no era fácil inventar nuevos negocios.
A pesar de la crisis, salimos de viaje aquel sábado.
Fue al volver cuando la sorpresa se transformó en perplejidad: en Santa Cruz no había tiendas. Y como los negocios son como el corazón de la ciudad, se notaba que una vez que las oficinas de la administración pública cerraban, las plazas, calles y avenidas se hundían en un silencio de desagüe.
Alguien dijo que la cosa no era tan mala, que lo único que estaba ocurriendo es que los negocios se estaban trasladando a las afueras de la ciudad, donde habían surgido, grandes setas de cristal y aluminio, centros comerciales añadidos a los centros comerciales que desde los años ochenta poblaban los extrarradios.
El alcalde conectó la plaza de España con lo que llamó la “Ciudad de las compras” mediante una carretera de cuatro carriles.”Es conveniente que los coches tengan su espacio”, comentó el alcalde. Y con su sonrisa creativa repetía hasta la saciedad que la instalación de estos grandes centros en la isla crearía numerosos puestos de trabajo, riqueza y competencia: la competitividad era un elemento que surgía en la sociedad cuando las fichas se colocaban sobre el tablero de forma estratégica. La competencia era la dinamo de la economía. Con ella llegaba la variedad de la oferta y el abaratamiento de los productos. El alcalde era como el flautista de Hamelín y todo el mundo lo seguía.
Nadie quería que Santa Cruz se quedase vacía de tiendas. Pues una ciudad sin tiendas es como una escuela sin niños, como un armario sin camisas, como una boca sin besos. Pero, igual que las hojas de los árboles se precipitan en pocos días cuando llega el otoño, así las tiendas desaparecieron.
La clientela, ahora consumidores, se acostumbró a salir de la ciudad para comprar.
Y a partir de entonces no sólo se pusieron carteles de se vende, se alquila o se traspasa. No sólo, carteles de liquidación por cierre o derribo, sino que muchos escaparates se forraban con cortinas moradas y un cuadro de la Pasión o un Vía Crucis.
Un grupo de abuelas salían a la plaza de España todos los jueves con el carrito de la compra para reclamar tiendas en la ciudad.
Los chinos, que están al quite de cualquier novedad, abrieron tiendas de todo a cincuenta céntimos, donde se podían comprar cigarrillos y condones de todos los sabores. Eran como tiendas de primeros auxilios. Los kioscos de prensa fueron sustituidos por máquinas expendedoras.
¡Ay Santa Cruz, bella ciudad tinerfeña! Exclamaban los jubilados.
Los dueños de las tiendas que hasta hacía poco se consideraban emprendedores, dueños de empresas, creadores de puestos de trabajo, siguiendo el ejemplo del patrón de patrones, fueron en comitiva al ayuntamiento a instar al alcalde para que arreglara la situación.
El alcalde les dijo que para poder encauzar las reclamaciones tendrían que constituirse en sindicato, lo cual ellos rechazaron por no tener sentido de clase: no eran obreros, sino patronos, los pilares del sistema.
Pero el alcalde, hombre de una lógica implacable, les dijo que lo sentía pero que ya no eran nada. Jesús dijo:” por sus hechos los conoceréis”. Si ahora eran incapaces de crear riqueza no podían considerarse emprendedores.
-Hombre –exclamó el portavoz de los ex empresarios –para que funcione la economía necesitamos que se active el crédito.
Pero el alcalde, siguiendo con su lógica implacable, replicó que crear es hacer surgir algo de la nada. Y la nada nada es.
El portavoz decidió que a la nueva organización de ex empresarios, hasta que se supiera cual iba a ser su nuevo estatus jurídico, la llamarían “Sálvese quien pueda”.
Lola y yo buscamos una explicación sensata a la situación porque nos parecía increíble que por una vez los empresarios salieran perdiendo.

4 comentarios:

María dijo...

¡¡¡Querido activista laboralista sindicalista de la élite de los empresarios parados !!!

¿¿¿Se puede saber, que pretende usted con estos vilipendios incendiarios???

Los Tinerfeños, lo que tienen que hacer, es dejarse de tanta contemplación amarrara bien amarrado a su alcalde, fletar un avión con cargo al erario publico y presentase en masiva peregrinación el 19 de Marzo en Valencia, para arrojar a las Fallas que arden a ese alcalde tan flautista que tenéis...


Ahora en serio Joaquín, también hay buenos empresarios, que se dejan la salud y la vida y tristemente pierden y lo sabes...Yo sé, que lo sabes muy bien....

Por ser un poco abogado del diablo...

Que también el diablo, necesita abogados ¿no? ;-)


muchos besos para ti y para LOLA.

JOAQUIN dijo...

Para Maria
Yo también soy empresario, pero esta historia tiene su origen en una queja constante de los pequeños empresarios (dueños de tiendas) por la proliferación de grandes superficies que arruinan los comercios de los centros de la ciudad. En esta guerra, los pequeños empresarios sostienen una contradicción: por un lado están a favor de libre comercio, del liberalismo económico, pero cuando les afecta a ellos, reclaman ayuda de la administración.
Mi cuento es sólo un "fisco" de ironía.

alvaro Locx dijo...

Hola

Pues a mi me ha encantado tu blog. Que es genial.

Anónimo dijo...

A mí también.
Y me asuta todo lo que hay de ciencia sin ficción en tu cuento,me ha recordado una vez que hablé con un canario que vive en Escocia y estaba trabajando en cualquier parte de Norteamérica, al describirme la ciudad donde estaba, me dijo que tenía unas carreteras muy buenas con muchos carriles, pero que no se veía a nadie por la calle, sólo en los centros comerciales.
Besos Eva